jueves, 25 de mayo de 2017

no morir

He vuelto a despertarme con la náusea agarrada a la boca del estómago y he tardado horas en darme cuenta de que era la rabia de ayer vestida de asco. La de ayer sumada a la de todos los otros ayeres que ya ni recuerdo. Náusea el grito que me trago cada vez que sus agravios me despiertan la ira irracional, el odio que engullo sin masticar para que luego no venga la culpa a ensuciarme la conciencia -aunque la jodida llegue de todos modos porque nadie nos ha enseñado a vivir sin ella. Me he prometido vomitarlo todo, el asco, el odio, la rabia, el miedo, vomitar este nudo espeso que me coagula las venas, echarlo como echo a patadas de mí, cada vez que aparece, el fantasma que me enturbia la memoria y me veta el deseo -lo estrangula lento con sus tentáculos viscosos riéndose de todas las inseguridades de mi cuerpo asustado. Cada vez que aparece, patada. Fuera de mí. A coces o a arcadas, como sea, pero fuera. Fuera este monstruo disfrazado de náusea que no me deja comer, de miedo que no me deja sentir. ¡Fuera! Tú, sí, tú que te crees tan macho y tan feroz, vete, ¿me oyes? Sal de mí, porque ahora ya no soy débil ni estoy rota, y aunque me tiemblen las piernas cada vez que me enseñas los colmillos, pienso sacar fuerzas de donde sea para arrancártelos uno a uno hasta dejarte sin gruñido. Y sin aliento. Que yo no voy a caer en la trampa y sé que no comer es morir. Que no respirar es morir. Que no sentir es morir. Que no ser yo, también es morir. Y te aseguro que ahora, después de todo -después de tanto-, morir es lo último que me apetece.  

miércoles, 17 de mayo de 2017

ser semilla


quisieron enterrarnos
pero no sabían que éramos semilla

Música nueva, también, para los caminos nuevos. Canciones que acompañen y alienten, que me den fuerza cuando me tiemblen los pasos y me hagan bailar y reír cada vez que sople el vendaval. Canciones que rompan el guion de lo establecido, que corten el hilo de los discursos normativo-egoísta-destructores que me llegan a los oídos boicoteándome la ilusión. Canciones que sean alas, que me recuerden lo que soy y lo que quiero. Que me dejen creer en el deseo. Y en mí. Y en la posibilidad de que las cosas puedan pueden ser distintas. Que ya lo sé, sé que es posible. Con tu fuerza y con la mía, con la nuestra, con la de todos los que también lo creen. Sé que existen otros caminos, otras maneras. Otras formas de vivir o de querer: que es posible vivir querer con calma, querer vivir‒ sin anclas, vivir y querer ‒ser‒ soltando el hilo para disfrutar del vuelo de la cometa. Me dirán que no, me repetirán que soy una ilusa imbécil con atracción fatal hacia la mentira. Y lloraré, otras tantas más veces que nadie sabe ni sabrá, y dolerá. Pero algo ‒las canciones, las luciérnagas, la vida‒ me seguirá impulsando al sueño y a la confianza, a creerme enredadera que crece a pesar del desengaño, ‒y no a pesar, sino a partir‒ de las heridas abiertas, de la decepción, de las infinitas caídas y vacíos que quedan todavía por venir, que me quedan por vivir. Llegarán otras tormentas que volverán a pillarme en bragas y harán que vuelva a sentirme diminuto animal herido: también lo sé. Y ¿sabes qué?, que aun así, prefiero la intemperie a quedarme agazapada en caparazones asépticos al sentir. Prefiero caminar tras esto que llaman mi utopía aunque me parta la boca cien veces más, aunque me caiga y me rompa y me abra en canal. Porque siempre habrá canciones que me amansen el alma y me recuerden que tengo en mí el poder de la risa y las ganas, el deseo, mi deseo ‒aunque lo juzguen nimio y absurdo‒, para lamerme cada recodo de piel y levantarme a seguir buscando ‒a seguir haciendo‒ caminos distintos al ritmo de música nueva que me permita bailar con todas mis torpezas por calles desconocidas de la mano de las personas-luz que me avivan los latidos. Personas-cometa que me riegan las ansias de volar y me demuestran día a día que es verdad, que todos los laberintos tienen cielo y que no importa cuál es nuestro lugar ni dónde está la salida. Personas y canciones que comparten el sueño de construir otros senderos alejados de este que nos imponen como único e incuestionable. Volverán a decirme que todo es mentira, que soy una ingenua. Y volveré a dudar de mí. Pero subiré al coche y bajaré las ventanillas y conduciré hacia ese lugar al que no queréis que llegue ‒al que no queréis llegar‒, cantando a gritos letras que me devuelvan la confianza en lo que creo y en lo que soy: un yo en continuo proceso de construcción, un yo que a veces es mordisco y otras veces ronroneo, que se cae y se equivoca, pero que sólo así crece y así se quiere: persiguiendo sus pálpitos a carcajada limpia y a pecho abierto, siendo semilla que no deja de brotar.  

jueves, 16 de febrero de 2017

Un paso, dos pasos: caminar.

«Qué extraña contradicción, se dice, la establecida entre la sensación que tiene de sí misma, si no se ve, y la visión que de ese ser extraño le proporciona el espejo. Qué diferencia entre sentirse y verse. Es como imaginar, y a la vez ver, dos puntos extremos de un camino cuyo recorrido no condujera a la unión de tales puntos sino a su divergencia, a su desconexión absoluta, irremediable y un tanto angustiosa dado que dicho camino se convierte en una desgarradura absurda, sin sentido, en un accidente de quién sabe qué terreno en cuanto pierde la función de establecer una relación lógica entre los puntos opuestos que lo constituyen: la percepción interior de sí misma y la exterior, cómo se siente y cómo se ve; una sensación y una imagen que no concuerdan y que, experimentada una y vista la otra por ella misma pero por separado, pueden depararle el remolino de ser dos pero, también, el de no ser ninguna.»

Ana María Moix, Las virtudes peligrosas


Zapatos nuevos para caminos nuevos. Te los calzas y enfilas calle arriba hacia lo alto de la ciudad. Un paso, otro paso. Eres incapaz de pensar esta frase sin detenerte a reflexionar en el sintagma “lo alto” y en su categorización gramatical, mientras se te escapa un pensamiento paralelo que te recuerda la inutilidad de invertir el tiempo en estupideces de estas ‒joder con los recovecos del lenguaje‒, y aun otro pensamiento más que trata de encontrar un rumbo en este enredo de incisos absurdos que no te llevan a ninguna parte. Zapatos nuevos para caminos nuevos. Jodidos recovecos también los de la vida. Que deje pasar las ideas como si fuesen nubes negras y me concentre en la calma del cielo azul, me dicen. Zapatos nuevos: un paso, dos pasos. Caminar. Esa de ahí que me sigue el ritmo en los escaparates de las tiendas se parece demasiado a mí. Debo de ser yo; al fin y al cabo, se corresponde con el cuerpo que me han enseñado a reconocer durante todos estos años como mío y lleva los mismos zapatos. Si me revuelvo con una mano el pelo me copia los movimientos. Me pregunto qué debe de pensar ella mientras nos miramos mutuamente caminar. En el espejo del baño del bar donde he parado a desayunar hemos tenido un encontronazo. Le he pellizcado un ojo y le he dicho que parara de mirarme con cara de póquer y me ha respondido con una sonrisa cínica que me ha dejado traspuesta. Hablo en segunda persona de mí hasta que soy capaz de identificarme con este yo que me mira tras las esquinas. Sé que me llamo Elena y que son mis pies los que llevan zapatos azules que caminan siguiendo semáforos verdes que, a pesar de la incertidumbre, deben de conducir hacia algún lugar. ¿Tú sabes quién soy? Sentir más y pensar menos. Zapatos nuevos. Un paso, otro paso: caminar. Sigo enfilando calles Barcelona arriba. Sea sustantivo o adjetivo, me dirijo hacia lo alto de la ciudad. En el fondo no importa, supongo. Ni a dónde voy, ni la metalingüística de las palabras. Para qué seguir, me pregunto a veces, pero algún misterio me invita a continuar caminando. A continuar respirando, a continuar viviendo ‒sentir y pensar‒. Trazar rutas para cartografiar derivas. Alguien inventó la palabra yo y decidió que todos tenemos que tener un nombre. Y aun así, no encuentro los mapas para llegar a casa ‒para llegar a mí‒ porque no sé qué es casa. Esta noche cruzaré el umbral de alguna puerta que me llevará a alguna habitación con alguna ventana en la que tenderé los ojos. Tenderé los ojos para mirarlo todo y volveré a no saber con qué pedazo de realidad rellenar los significados de cada pronombre, de cada palabra: yo, tú, aquí, esto, lo otro, nada. 

domingo, 22 de enero de 2017

el bastón rojo

Nostalgia debe de ser recordar tu risa y no haberme acostumbrado aún a que se te haya terminado la vida. Pensar que tu muerte fue como cerrar la última página de un libro de esos que deseas que no tengan final ‒que se multipliquen las palabras como en el cuento de nunca acabar‒. Libro cerrado tu nombre y no saber cómo escribir “Mi abuela batía los huevos en platos planos y limpiaba los boquerones con la misma naturalidad y la misma parsimonia con que mojaba la ensiamada en el café del desayuno”. (Todas las vidas son dignas de novela.) He descubierto que el vértigo no es solo subir al peldaño más alto de la escalera. Vértigo también es asomarse al vacío de la existencia y tener la certeza de que todas nuestras vidas se despeñarán algún día por el precipicio. Resigo con los ojos el mar rabioso y revuelto, esperando que la lluvia, el tabaco y el vino calmen el miedo que me da el viento. Guardé toda tu alegría en una cajita azul. Y a veces, muchas veces, te aseguro que es lo único que me ayuda a vencer la tristeza y a seguir haciendo caminos. Eso y los zapatos, claro, porque parte de la felicidad ‒siempre lo he sabido‒ reside en los zapatos. Me los miro al caminar: un paso, otro paso, otro más. La llevaré siempre, tu risa, colgando del brazo en los paseos de los domingos. Tu risa, unos buenos zapatos, y las risas también de la gente que me quiere ‒pero de la que me quiere bien‒: serán, como fueron para ti, el bastón rojo sobre el que apoyarme cada vez que se me tropiecen los latidos ‒los puntales que me permitan desplegar la escalera y sentarme a fumar en el último escalón, hablar de cualquier cosa y reír como si no hubiera mañana, respirando, desde lo alto, el calor inconfundible de una cocina llena de mujeres cociendo vida.

viernes, 4 de marzo de 2016

qué raro es todo

Que por qué la memoria ‒esta memoria‒. Por qué recordar la ambulancia y el taladro de su sirena. Las máquinas del hospital, bip-bip, bip-bip, los pitidos intransigentes que nunca dan tregua. Por qué este recuerdo mezclado con gritos y golpes y a la vez el recuerdo del mar, de las flores de madreselva en la oreja o de aquellos paseos por el interminable rompeolas que ya no existe. Por qué la ansiedad y la pena si no las quiero, no las quiero, no las quiero, no las quiero. Si no las quiero, ¿por qué vienen? Ayer estuve a punto de llamarte a las mil para contarte que estoy cansada, que no puedo más, que estoy harta de este invierno sin invierno y de esta pequeña lucha diaria contra las tristezas cotidianas que no sé en qué momento dejé que se instalaran en mí ‒en un imán de nevera, en un sueño mal soñado, en tanta mierda escondida debajo de la alfombra para hacer ver que no está‒. Quise llamarte pero me dije que era mejor hacerme la fuerte, no mostrarte mis miedos de animal herido y desnortado en medio del bosque. Me niego a que seas norte y me veas débil. No. Nunca quise ser niña de cristal y no quiero volverme vidrio ahora. Aunque ser de piedra se me está dando fatal. ¿Sabes? Oigo su voz a veces, no sé qué dice, pero la oigo. Habla pausada, tranquila. Por momentos parece que la oigo nítidamente pero no puedo distinguir lo que dice. Sonríe y me habla, y me rompe oírla pero también me calma. Qué raro es todo. Ojalá cerrar los ojos y aparecer en junio. O volver a noviembre y recordarle mil veces más que la quería, que la quise, que la quiero. Que era sol y faro y que a su recuerdo sí me aferro. Al suyo sí, porque no trae ni pena, ni ansiedad, ni repugnancia, ni contradicciones. Sólo paz y cierta nostalgia: el poso inevitable que deja la ausencia de alguien capaz de inspirar amor incondicional. 

sábado, 13 de febrero de 2016

Someday we'll find a place in the sky


Someday we'll find a place in the sky

Me han hecho soplar las velas antes de la hora y me han pillado sin deseo. Así, rápido y sin pensar, y entre tanto echar de menos, sólo se me ha ocurrido algo tan simple y genérico como pedir que este que empieza sea mejor que el que acaba. No creo que sea muy difícil, después de todo, ya va tocando una tregua, ni que sea por estadística o probabilidad. Poco antes de las doce, como hecho adrede, se ha ido la luz en todo el paseo marítimo y se han abierto las nubes para dejar ver las estrellas. Me he quedado absorta mirando la nada, esta nada que en realidad supongo que debe de ser la vida (¿el todo?). Es el primer año que me toca soplar las velas sola, pero con el ruido del mar revuelto y la osa mayor sobre la cabeza es imposible que no me acuerde de ti. Sé que estás ahí, cuidándome desde algún planeta. Y eso, aunque duelan las ausencias, es como llevar una estrella dentro. Y calma la herida. Y calma el vacío. Y hasta alienta el camino.
    

domingo, 31 de enero de 2016

milagros

Debe de ser algo así como un milagro subir al coche a las tantas, de vuelta a casa, y que en aquella radio en la que nunca suenan temas en catalán ‒y menos enteros‒ esté sonando aquella versión remota, cantada por aquella cantante medio desconocida, de aquella canción ya olvidada que siempre que oigo me resuena por dentro diciéndome tanto. Milagro también que mientras conduzco y la escucho ‒casi sin podérmelo creer‒ aparezca entre los pinos una luna inmensa y naranja y preciosa recostada como un gajo sobre el mar. La susurro como un mantra entre calada y calada, canción-consuelo, canción-refugio, mirando la luna y pensando en la noche, en los sueños, en el echar de menos y en los pequeños milagros inesperados que quizás no sé del todo apreciar porque una lógica absurda me hace creer que su existencia, su tener lugar, no da opción a que sucedan los milagros que sí ‒que tanto‒ espero: un simple mensaje de “tengo ganas de verte” o “yo también siento” ‒o “lo siento”, a estas alturas, ya qué más da‒. Quería lluvia y quería contigo y en lugar de eso tengo esta luna y esta canción. Dijo el hombre del tiempo que hace casi noventa días que no cae una gota. Habrá que resignarse a lo que hay. Tararear este pequeño milagro y conformarse con esto. Conformarse, con lo mal que se me da. Aunque puede que sea mucho más productivo que seguir inventándome conjuros para que se alineen los planetas en favor de mi deseo. 

miércoles, 13 de enero de 2016

manadas de bisontes

Acababa de caer el sol y en el cielo rojofucsianaranjado -y tantos matices más- las bandadas de nubes parecían elefantes pastando sobre el horizonte, bisontes emigrando hacia lo que quiera que haya al otro lado de esa línea infinita. No te lo creerás pero no miento. El mar tenía la tarde rebelde y soplaba tanto viento que casi no me tenía en pie. Durante unos segundos tuve la tentación de seguirlos, de ponerme piedras en los bolsillos y empezar a caminar a contracorriente para unirme a su manada. Luego pensé que el agua estaría helada y que con la poca fuerza que me queda no sería capaz de dar ni tres pasos antes de que las olas me escupiesen otra vez a la orilla, así que me quedé quieta mirándolos y encendí un cigarro. Me parecía un momento demasiado increíble para estarlo viviendo sola. Supongo que por eso creí, por unos instantes, en la posibilidad real de vivir del ojalá. Del ojalá que surja algún sueño que empezar a perseguir. Del ojalá un trabajo con un sueldo medio digno. Del ojalá una casa que sea nido y no grieta. Del ojalá tú, ojalá que vengas y ojalá besarte y ojalá sentir el aleteo de las luciérnagas. Ojalá el no-dolor y la no-tristeza. Sobre mi cabeza iban creciendo jirones de serpientes moradas mientras el cielo se apagaba y te aseguro que allí plantada, mirando el mar y los bisontes desdibujándose en la distancia, me sentí capaz de construirme un esqueleto de pronombres que sustituyan todo lo que no está -un lugar, un tú, un norte, un deseo-, un andamio de humo que me sostenga para poder dar un pequeño paso que llene de algo el vacío. Pero al cerrarse la noche volvió la ansiedad de la nada y no me quedó otra que meterme en el coche con el frío a cuestas y seguir conduciendo sin aire y sin ganas hacia ninguna parte.

domingo, 10 de enero de 2016

algo que vuela

Tener un corazón que late y un cuerpo que siente. Y ser eso, no más que eso, sentido y latir en el tiempo. O algo así, yo qué sé. Haría un poema pero los versos no son lo mío, aunque se me escapen las nostalgias por los descosidos de la piel y hacia dentro echen raíces los inviernos. La ausencia, el vacío: un pozo inmenso dentro del pecho con las paredes resbaladizas llenas de moho. Y el corazón que late y las heridas que sangran y la vida que sigue mientras alguno de mis yoes remotos pide sin pedir abrazos que calmen el frío, la sangre, la ausencia, que domestiquen la manada de latidos que tropieza sin rumbo en la caverna oscura de mi interior. Retumba el eco de la respiración en este muro circular que tiene de ventana allá lo lejos el cielo. No estaría mal salir, pero cómo. Cuál es la cuerda que me tengo que imaginar para trepar hasta el final. Llegar a ese azul lejano y volver a ser cometa: corazón que late, cuerpo que siente, pero también algo que vuela. Supongo que en algún lugar de mí deben de estar escondidos el impulso y las alas, aunque sea casi imposible encontrarlos a tientas desde el fondo del agujero. Por algo se empieza, supongo: palpándome las entrañas me ha parecido encontrar la pequeña ilusión de soñar.  

lunes, 28 de diciembre de 2015

la navidad o los lenguados

Has revuelto todo el armario y todos los cajones. El ritual de no-sé-qué-diablos-ponerme/nada-me-queda-bien. Cuando has terminado de desordenar todo lo desordenable de la habitación, has recurrido al cuarto de la lavadora. Buscabas ropa para intentar vestirte un poco distinto, hoy que es navidad, y entre la colada limpia has encontrado una de las camisas de la abuela. De repente el mundo se ha parado en seco, sin avisar. La sacudida del cuerpo te ha dejado un momento sin aire. La has vuelto a ver justo ahí, frente a ti, la abuela con su camisa blanca moteada de flores rojas sonriéndote a través de sus ojos grises llenos de calma. Y hasta la has oído decir “què guapa t’has posat, nena, és nova aquesta faldilla?”, las palabras de siempre, siempre ese “et queden tan bé aquestes arracades i els ulls pintats, no entenc per què no t’arregles més sovint”. El escalofrío te ha recorrido la espalda entera. Las mandíbulas tensas, otra vez. Hace casi un mes que no está, pero es tan jodidamente difícil acostumbrarse a la ausencia. A que las cosas se queden cuando las personas se van. La camisa, las gafas, las sopas de letras. El recuerdo. Llorar un poquito y seguir buscando como si nada algo que te sirva para ponerte guapa, aunque tengas unas ojeras de campeonato y nadie vaya a echarte sus piropos. Cerrar los ojos y recordarla en uno de aquellos ataques de risa que os entraban discutiendo si los lenguados nadan planos o de lado y aferrarte a esa imagen para que el aire retome el camino hacia los pulmones. Vivir por un momento ese recuerdo, y que el llorar mute inevitablemente a sonrisa.

miércoles, 16 de diciembre de 2015

limpieza

Tan sols ser un trosset
de mar és el que voldríem
o una gota de pluja.
Montserrat Abelló, «Estels sense il·lusions»

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Wislawa Szymborska, «Fin y principio»


Y sí, después de la guerra siempre tiene que haber alguien que limpie el campo de batalla. Alguien que se deshaga del muerto, que borre la sangre, que barra los restos. Alguien que vende la herida. Pero quién va a ordenar el desastre de mi cuerpo, si yo sólo quiero dormirme lluvia y despertarme mañana mar. 

martes, 8 de diciembre de 2015

mármol


Esta mañana ha venido el marmolista a casa para elegir la lápida de la abuela. Era un hombre simpático, traía el catálogo y la calculadora debajo del brazo. Mamá lo ha hecho sentarse en la mesa del comedor y la he dejado sola con él. Con los pelos de recién levantada y la resaca de anoche no me sentía muy capaz de opinar. Me he puesto a desayunar en el rincón de la cocina que siempre es refugio y al segundo o tercer sorbo de café ha llegado en torrente el caudal de recuerdos. Oía sin oír la conversación de mamá con el señor y de repente me he acordado de la abuela en el sofá de flores haciendo sopas de letras ‒¿querrán el nombre entero del difunto o sólo los apellidos de la familia?‒, la abuela con los rulos leyendo el Pronto ‒¿el color del mármol?‒, la abuela bajando la cuesta que llevaba a la plaza ‒el blanc és bonic, no trobes, filla?‒, la abuela comprando cruasanes a escondidas, no li diguis a ta mare, nena, total, si morir-nos ens hem de morir igual, la abuela con el delantal de cuadros cortando pan duro sobre la encimera ‒blanco con una cruz, sí, con una cruz pero sencillo, sin floripondios‒, la abuela enfilando la calle del cementerio con el limpiacristales en el bolso y algunos trapos para limpiar la tumba del abuelo José ‒¿el nombre de la mujer?, es muy importante que esté bien escrito, l’accent va obert, oi filla?‒, la abuela por todas partes estos días que ya no está. Dijo que no se moriría hasta ser bisabuela y le faltó un día, unas cuantas horas para conocer a esta niña de agua que han traído las olas del mar. La muerte y la vida mordiéndose la cola. Todo es tan raro… Una lápida bonita pero sencilla, los ojos chiquitos que se abren por primera vez a la luz. Y yo en este rincón, intentando asimilar que el blanco y el negro son la cara y la cruz de una misma moneda, entre sorbo y sorbo de un café que no sé ni si me apetece, el todo y la nada ‒t’agrada aquesta làpida?‒, un café que me tomo por tomar, por eso de que somos animales de costumbres, que se diluye en la boca con el sabor de las tostadas con aceite y sal ‒la abuela comiendo pa amb oli con un trapo de cocina en la falda‒ y que baja luego por la garganta mezclándose con todo esto que me corre por dentro, el vacío de la ausencia, los trocitos de palabras que no sé decir, la alegría infinita de una vida nueva que empieza, la tristeza que me tuerce las sonrisas sin querer, la inseguridad, el no saber qué hacer ni adónde ir, las ganas de estar bien pero a la vez tanto cansancio… Y la voz de mamá de fondo, titubeando, nerviosa ‒estàs aquí, filla?, la voz de mamá pidiéndome opinión ahora que tengo tan torpes los sentidos. És maco el marbre blanc, eh que sí? Mármol blanco para grabar su nombre, sí, está bien escrito, el nombre y la fecha, sí, mamá buscándome la mirada mientras los dedos del hombre simpático hacen números en la calculadora para redondear ‒como si lo tuviese‒ el precio del recuerdo.  

viernes, 4 de diciembre de 2015

vivir

Elegir el mar para ahogar los ojos y apaciguar la ansiedad de querer algún vértigo que no deje sentir el escocer de la herida. El mar, para que su fuerza eche abajo el muro del miedo a romperme. Dejar que me acune, que me trague su vaivén. Y allí al fondo gritar todo lo que duele. Llorar, pero llorar bonito. Porque la mujer faro que nos enseñó a querer siempre la vida no se merece una sola mancha de pena. Llorar bonito y salir a flote. Vivir -el mejor homenaje, la mejor despedida-. 

viernes, 27 de noviembre de 2015

monstruos


Cavar un agujero en la tierra, meterme dentro, desaparecer. Dejar de sentir este dolor clavado en el pecho que no deja respirar la vida. Esta puta vida injusta que causa tanto dolor. Respirarla, para qué. De verdad, para qué. De qué sirve seguir respirando si parece que no llega nunca la tregua, si hay tantas cosas que duelen que ya no sé ni dónde guardar los atisbos de luz para que no se los trague el agujero negro de las heridas abiertas. Qué diablos debe de ser esto que nos impulsa a seguir viviendo cuando sólo tienes ganas de llorar y de romperlo todo. Todo. Cavar un agujero, desaparecer. Querer patalear y gritar y morder y reventar. Pero notar que la sangre sigue recorriendo inevitablemente las venas y sentir el miedo abismal a la muerte. ¿Será real o infundado? Nunca lo sabremos.

Mañana saldrá el sol y seguiré igual de rota por dentro. Lloraré, quizás con menos rabia, pero lloraré. Y me pondré cualquier excusa barata para conseguir salir de la cama mientras la piel siga pidiéndome abrazos que luego no sabrá ni cómo asimilar. El ruido del mar, un poco de vino. Y el cuerpo que parece que no tiene fuerzas para dar un paso -pero el miedo a la muerte-. No, a la muerte no: lo que aterra de verdad es la decadencia. El quedarte sin hablar, sin andar, sin reflejos, sin ganas, sin aliento. Eso es, el quedarte sin aliento pero que el corazón siga latiendo. Y otra vez la retahíla de interrogantes: para qué, joder, qué sentido tiene estar aquí, tomar pastillas para alargar una vida que en su idioma parece que está diciendo basta. El sueño de la razón produce monstruos, qué sabio Goya. Sobrevuelan todos a mi alrededor: cuervos, búhos, vértigo, muerte. Cuánta ansiedad y qué poco aire -poco, recuerda, se necesita muy poco para respirar-. Maldita sea, qué tendrá este mundo para seguir manteniéndonos vivos a pesar de todo. Qué, ¡qué! ¿Será sólo el terror infundado a la muerte?

En vez de cavar, escribir. En vez de gritar, escribir. En vez de desaparecer, escribir. Morir un poco, pero no del todo. ¿Por qué? Vete a saber. Quizás alguna que otra respuesta se esconda tras el interrogante que lleva tatuado la chica de ojos de gato que ha aparecido como un rayo de ilusión resquebrajando la nada. Besarla y tener menos ganas de huir. O yo qué sé. Concentrarme en el abrazo de esas amigas que se quedan cerca, que no giran la cara cuando les buscas la mirada sin saber adónde ir. Escuchar el mar. Escribir. Buscar un resquicio de algo que me ayude a salir de la cama mañana, cuando a las 6 se me abran los párpados y sea incapaz de volver a dormir. Sentir, pero dónde dejar que habite la luciérnaga de este pequeño sentir si alrededor sólo hay pérdida, ausencia, frío. Y el interrogante de su dedo como un cometa. Preguntar, respirar, vivir. ¿Por qué no morir? 

sábado, 21 de noviembre de 2015

soplar la herida



He llegado a casa y me he sentado en el taburete de la cocina a comer jamón serrano como si no hubiese mañana. Me han venido a la cabeza las frases de la doctora: que se está apagando, que solo se puede esperar, que no se sabe cuánta mecha le queda. Hablaba como si la abuela fuese una vela, tantas metáforas absurdas para no decir muerte. Una vela o un petardo, vete a saber. Tal vez cuando se le acabe la mecha despegue como un cohete de esos de palmera que tiran para la fiesta mayor y nos deje a todos con tres palmos de narices. Me he servido un Martini con una oliva y me he tirado en el sofá a ver un capítulo detrás de otro de la serie que me tiene enganchada. Estoy saturada de trascendetalismo. Son las seis de la tarde y han dicho que mañana llega el invierno. Pienso en estrategias para darle mi teléfono a la enfermera del hospital, tiene una sonrisa y un no sé qué que me pierden. Los días que no trabaja se hace mucho más difícil aguantar tantas horas allí dentro. Por suerte, casi siempre la encuentro y además hace unos turnos larguísimos. Me pregunto cómo se viste cuando se saca el uniforme blanco. Me lo pregunto cuando me acuesto y cuando me levanto. Mañana llega el invierno y no tengo chaqueta, la abuela se va a morir y yo meriendo jamón serrano con Martini mientras sueño con la enfermera. Debo ser una friki de la hostia, pero ya me importa todo tres pepinos. No sé de dónde sacar más saliva para lamerme las heridas. 

sábado, 14 de noviembre de 2015

volver


"Podría gritar
mi dolor
hasta partir en dos mi cuerpo:
sería disuelto 
por las aguas del río."

Alfonsina Storni, "Soledad" (Las grandes mujeres)

El conductor se despidió del vigilante de la estación con un "hasta mañana" que saltó de ventanilla a ventanilla, y a partir de la eñe apretó el acelerador para coger la curva de salida a la calle. Oí "hasta mañana" pronunciado con la voz grave del señor que conducía la noche hacia otros lugares, hacia otras ciudades -pero que mañana, dijo, volvería a estar en ésta de la que yo ya estaría tan lejos-, y se me quedó dando tumbos en la cabeza como un eco sordo, "hasta mañana", "hasta mañana" una y otra vez, con lo raro que me ha resultado a mí siempre lo de cambiar de espacio en el tiempo. Sentí el acelerar de las ruedas recorrerme el cuerpo y entre las luces que pasaban por la ventana se fue enmarañando el estallar de la risa de los dos últimos días con las astillas del infinitivo irrespirable que me devolvía a casa. Volver. Regresar a esa geografía de piedras que ni es casa, ni es Ítaca, ni refugio, ni nada: un trastero agrietado de penas demasiado podridas. Iba haciendo eses con la mirada por la carretera negra y no recuerdo bien en qué momento me dejé atrapar por las ganas de llorar, pero de repente me estaban supurando todas las heridas por los ojos y me veía incapaz de frenar la hemorragia. Me aferré a la alegría del fin de semana y a los tres libros que había encontrado como un tesoro por las calles que me quedaban ya atrás, y así conseguí quedarme medio dormida. Al rato me encontré otra vez despierta sin saber dónde estaba. Había desaparecido el eco del "hasta mañana" -supongo que ya era mañana- y no se veía ni una luz al otro lado de los cristales. La niebla había inundado la noche. Imaginé que me sumergía en la densidad de las nubes y que aquella bruma se convertía en los árboles del paseo del Prado. Quise quedarme dentro y alargar las horas para no llegar, ser hoja seca y dormirme entre las páginas de los libros que abrazaba, recostada junto algún poema que supiese explicar cómo es posible sentir en la piel este deseo vital de sonrisas y de calma y que en el interior, entre los huesos, se empeñe en no dejar de arañar la vida con sus dedos de alambre. Pero el autobús siguió acelerando hasta el amanecer y no hubo más remedio que resignarse a la vuelta. Al fin y al cabo, a pesar de las ojeras, sólo está en mí el poder de guardar la alegría en los hoyuelos, de protegerla como un diamante para que nadie ni nada, nadie ni nada, me la arrebate.

sábado, 31 de octubre de 2015

d'amor, de mort, de vida


como si entendiera lo que somos y seremos,
lo que nos mantiene unidos, cada vez más indefensos
Amaral, "Lo que nos mantiene unidos"

I avui que és dissabte i que esperaves per fi poder dormir, sense despertadors, sense horaris, amb el volum abaixat de les preocupacions, poder dormir per calmar l’angoixa d’una setmana difícil, per digerir els versos de l'altre vespre, per assumir el dolor de les males notícies i assaborir la plenitud dels moments bonics, dormir i descansar fins que el cos en tingués prou, avui dissabte, ha sonat el mòbil que encara no eren ni les nou i t’ha trencat el fil primíssim del somni. I amb un ull obert i mig sobresaltada, has vist un número desconegut a la pantalla i has dubtat si agafar-lo o no, si et sortiria la veu per respondre a aquella altra veu ‒qui serà?‒ que ressonaria a l’altra banda per dir vés a saber què, un dissabte tan d’hora. Però una inèrcia inconscient i inesperada t’ha fet despenjar el telèfon i mentre el cervell adormit encara seguia fent-se preguntes has sentit el teu nom i el de l’àvia sortint de l’altaveu, sí, sóc jo, escolant-se oïda endins, digui’m, sí, oïda endins la pluja d’informació, que el cor, que l’oxigen, que s’entrebanquen els batecs al respirar, ara mateix, ja vinc, sí. I intentant no emprenyar-te massa amb la vida has obert l’altre ull i t’has anat vestint no saps si amb presses o sense, has agafat el cotxe, urgències, box 45, l’olor de sempre penetrant la pell i ella allà al fons del passadís, estirada amb la camisola lletja dels hospitals i els cables enganxats del pit al monitor, la línia verda, la blava, la groga, la vermella, totes amunt i avall entre xiulets asèptics, pi-pip, pi-pip, i a ella que li llegeixes la salvació als ulls quan et veu arribar, nena que me’n vaig, que crec que si m’adormo ja no podré despertar-me més. I tu que no saps com calmar-li la por, que la sents també, tanta por, que sols saps abraçar-la i acaronar-li els cabells emblanquinats, i ella que et demana que no paris, que es relaxa, i tu que li sents el fil de veu atemorit i recordes el pànic que et feia de petita tancar als ulls per dormir i despertar-te cega, tu que ara li agafes la mà com te l’agafava aleshores ella per tranquil·litzar-te, que no passa re, que l’estimes, que l’estimes infinit, la dona-far, la dona forta com una pedra, així li deien, parece de hierro però sempre tan propera, tan senzilla, tan plena de llum. Li acarones els cabells i li agafes la mà i li preguntes si està bé, si està contenta, i ella que et mira i per un moment recupera la veu i les paraules i diu que sí, ella que ahir encara deia que no se’n volia anar, avui et mira serena i diu “sí, perquè ja he dit adéu a la vida i estàs aquí i sento soroll de mar”. Soroll de mar i ara són els teus els batecs que s’ensopeguen, “no ho sabia, que morir era això”, això, diu: soroll de mar als ulls i una mica de por a les venes barrejada amb la incertesa de no saber quan ni com. I tu que la mires sense saber què dir, sense saber què fer, un dissabte qualsevol de tardor, sense saber entendre ni la mort, ni l’amor, ni la vida. Morint-te un poc d’amor, de mort... de vida. 

miércoles, 28 de octubre de 2015

la capsa dels estels


[Grete Stern, Los sueños 1948-1951]

El vent està bufant fort, les estrelles s'han apagat,
pels carrers corre el sol i la gent amb els ulls tancats
que no sap on va

Era un matí d’hivern, al pis de Roses. Ens acabàvem de llevar després d’una nit fatídica i jo estava asseguda en aquella butaca encarada al gran finestral, un requadre a la paret que només deixava entrar mar, cel i horitzó ‒i a estones vaixells petits com llumetes blanques. Te’n recordes? Tenia una tassa de cafè a les mans i els ulls em penjaven al buit rere els vidres. Vas aparèixer per darrere i te'm vas acostar a l'orella per xiuxiuejar el principi d'aquella cançó de Sopa de Cabra que ja mai més he pogut deslligar de la teva veu, de l'atmosfera d'aquest moment eternitzat. Crec que no he arribat a explicar-te mai que guardo com un tresor ple de màgia la capsa dels teus records. A vegades l’obro i en revisc alguns, els repasso pausadament amb els dits ‒amb la lentitud característica de les evocacions‒ i sento que, tot i formar part del passat, bateguen encara com si no se'ls hagués acabat la vida. Et sento cantar fluixet el vent està bufant fort i, en lloc d'apagar-se, les estrelles s'encenen per fer de fanalet en la negror del temps passat. Es converteixen en bombetes de colors i de sobte estem passejant per la platja un u de gener entre totes aquelles estrelles de mar que les onades havien deixat a la sorra, o som al Congost, sense pànic ni vertigen, o véns a rescatar-me de la neu a la ciutat i encenem el foc per quedar-nos hipnotitzades veient-la caure entre els pins del jardí de casa. Et sento cantar fluixet i recordo també les converses sobre l'univers i els planetes, sobre l'amor incondicional, sobre l'energia, la ciència, les dimensions, el món, el caràcter, les persones, la nostra realitat particular. Torno a inventar-me cases amb finestres rodones i terrasses vora el mar, escric versos que no són versos però que rebenten d'il·lusió, somio un estel, somio un desig, somric mentre recordo el somni que somio. Em miro des de lluny els moments que surten de la capsa de la memòria i després torno a guardar-los amb la cura que requereixen les millors relíquies. Perquè sí, és una relíquia haver-te tingut i seguir-te tenint a prop en aquest camí que se’n diu vida. Et sento cantar el vent està bufant fort i és cert que bufa, sí. Bufa vent del nord amb totes les seves forces però no s’apaguen les estrelles. Per molt que bufi, per fort que bufi, no ens farà caure ni apagarà les estrelles. Mai ‒mai deixarem que s’apaguin les estrelles.  

jueves, 8 de octubre de 2015

pluja general i generosa


"Pluja general i generosa", lo dijo el hombre del tiempo en la radio y me caló otra vez la humedad del deseo. Iba conduciendo y las gotas empezaban a motear el parabrisas. "Pluja general i generosa" y el deseo subiendo por las piernas de encontrarme con Ella bajo la tormenta, el deseo de abrazarla como si no existiese nadie más recorriendo las manos, el deseo implacable e irreverente de seguir besándola atascado en la boca, la chica de otro planeta, todos los deseos hormigueando sobre la piel junto a esta decepción imperativa de saber que no merece la pena dedicar un segundo más ni a su sombra. Tantos Orlandos otra vez dentro, tantos yoes dispersos pujando por hacerse dueños de mí. El dócil que la sigue pensando y justificando, el rebelde que se enfada gritando ¡basta!, el perdido que no sabe hacia dónde ir, hacia dónde mirar, hacia dónde girar el volante y que, frente a la deriva, se limita a la supervivencia inmediata activando con el meñique la manilla del limpiaparabrisas. Aunque el desconcierto es tal que se confunde con la del intermitente, y suerte de los reflejos del Orlando más racional, que da un volantazo a tiempo y cuando el cristal ya casi se ha convertido en río hace que el brazo mecánico abra este telón de agua y vuelva a aparecer el mundo ahí enfrente, esa realidad que ante los ojos de tantos Orlandos parece un cuadro cubista del mejor Picasso. La carretera y la tormenta, qué difícil saber seguir con los puntos cardinales tan desalineados como los chakras. Y de nuevo la cascada sobre el parabrisas, de Picasso a Kandinsky, el repiqueteo del granizo en la lata del techo, del capó, la radio que no se oye, y ¡zas!, el mundo otra vez tras la cortina de agua. Un yo que sólo quiere cerrar los párpados y desaparecer, y otros que le recuerdan que es imposible conducir sin ver y que lo fuerzan a mantenerlos abiertos y a seguir, siempre seguir adelante porque si algo tienen en común el tiempo de los latidos y el de los relojes es que no tienen pausa ‒tic-tac, bum-bum‒. Y aún otro yo, otro Orlando, el más sensato quizás, que deja que empiecen a salir las lágrimas del cuerpo y se haga también lluvia el dolor, río la tristeza perseverante que entumece los músculos y entorpece la respiración: agua que sirve de espejo en el que quedan reflejados todos los Orlandos, todos mis yoes contenidos en esta especie de mar que me sale de dentro. Yo frente a mí, y la tormenta de fondo. Yo frente a mí para entender que el caudal de desorientación y desespero que escupo por los ojos no surge de este estúpido enamoramiento pasajero, sino que es algo más profundo lo que me ahoga, algo entre el amor y la muerte ‒l'amor i la mort‒ lo que dibuja los espesos meandros de esto indefinible que parece ser en este ahora la vida: la luna emborronada del coche esperando que el limpiaparabrisas le devuelva la nitidez. Cuánta razón tenía el hombre del tiempo.

martes, 8 de septiembre de 2015

soltar el hilo

"Seure amb l'esquena 
repenjada al mur.
Assumir els camins cecs, 
les parets altíssimes, 
la corba esmolada de tots els topants.
Respirar els dubtes,
repensar les morts.
Mirar cap amunt:
tots els laberints tenen cel,
i alguns, fins i tot,
tenen terrasses
des d'on es pot veure un tros de mar."

Sònia Moll, "El cel del laberint" (I Déu en algun lloc)

Abro el bolso a toda prisa y tanteo frenéticamente el desorden en busca de la libreta y el boli para empezar a escribir todo esto -aún no sé qué- antes de que termine la canción que ha empezado a sonar -soñar, sonar, sanar- como por arte de magia en el instante y el lugar precisos. No tiene nada que ver con la música de antes ni con la que vendrá después, canciones discotequeras de radio comercial de verano. Pero entre todas ellas ha aparecido esta que ya ni recordaba y que tantas veces había escuchado en bucle en los momentos en que la vida era pozo sin cielo. Ha empezado a sonar justo cuando mis ojos se deslizaban por la última página del libro llenos de lágrimas a punto de estallar, la congoja apretando el pecho con sus manos huesudas, el aleteo de la muerte -tan presente estos días- dejándome la piel helada. Ha empezado a sonar -soñar, sanar- como un mantra y he tenido que cerrar el libro y buscar impulsivamente el cuaderno para escribir don't panic y recordarme que no, que no hay que tener miedo, que lo que tenga que venir vendrá y siempre será mejor tener los ojos abiertos para ver llegar el porvenir -sea el que sea- de cara. Que el miedo no sirve más que para paralizarnos y no dejarnos vivir. Ni sentir. Que no hay que tener miedo y que, aunque nada de esto vaya a pasar sin dejar huella ni vaya a poder ser olvidado, tots els laberints tenen cel y ese cielo hará que la tristeza y el dolor sean cada vez más leves hasta convertirse en una niebla transparente e ingrávida que no entorpezca los pasos. Pienso en la resiliencia y en el arte de saber soltar el hilo de cometa de las cosas que quieres. El arte de aceptar las cicatrices y aprender a lamerse las heridas. El arte de agradecerle a la vida el regalo de haberte dejado ser a ti también cometa para compartir el viento con esas otras que tanto has querido pero que no estaban hechas para la eternidad -nada está hecho para ser eterno-. No sé dónde lo enseñan ni cómo se aprende, pero me encantaría saberlo practicar.