lunes, 15 de abril de 2013

el primer cafè del dia



Pongo el despertador a las seis y media, como cada domingo. Cuando suene, me despertaré sin ganas y bajaré las escaleras sin encender la luz, prepararé un café en la taza amarilla de las margaritas –li la vaig regalar jo, fa tants anys que ja no deu recordar-se'n; quan va fer el trasllat la va deixar aquí, oblidada, com la roba, com la vida, com tot– y volveré arriba, con los ojos casi cerrados, siguiendo la inercia de la rutina. Me vestiré corriendo, los calcetines, la camiseta, el reloj. Faré ulleres i sortiré de casa despentinada, però obriré els ulls, ara sí, i m'omplirà de llum el roig ataronjat del cel esquinçant els núvols. Estaré a punto de perder el bus –siempre pierdo algún segundo de más en detalles tan vacuos como elegir qué zapatos ponerme–, llegaré por los pelos y el conductor, el mismo de cada lunes, sonreirá y dirá buenos días flojito. Buscaré el mejor sitio para sentarme y después de darle al play me detendré a sentir el regusto del café en los labios. Miraré por la ventana, respiraré hondo y todo parecerá ralentizar su ritmo. Farà olor de primavera i, per un instant, al girar la cantonada i veure el mar allà al fons, desapareixeran les angoixes –els seus oblits, les seves ràbies, les meves pors–. Per un instant, només valdrà el record de la cuca de llum que brillava ahir al vespre entre les heures, la grana del sol –o una cançó com aquesta– fent créixer il·lusions als racons més inhòspits de l'ànima.  

martes, 2 de abril de 2013

tic-tac, bum-bum

Cuando no puedo dormir, invento frases para empezar relatos que nunca llego a escribir. Me da pereza encender la luz y buscar el cuaderno para anotarlas, siempre me convenzo de que las recordaré por la mañana, a pesar de que la experiencia augure lo contrario. Oigo los segundos caer uno detrás de otro. Tic-tac, tic-tac. Con los ojos cerrados, los imagino haciendo cola al borde de un precipicio, esperando su turno para abalanzarse hacia el agujero negro del ayer. Me concentro para no oírlos, pero cuanto más me esfuerzo, más aumenta su retumbo, tic-tac, tic-tac, disonando en el silencio denso de la habitación. Escamoteo la oscuridad, rasgada por los tenues puntos de luz que se cuelan entre las rendijas de la persiana. De pronto empiezo a sentir como si los segundos me palpitasen dentro del cuerpo. Tic-tac, tic-tac. Me asusto, por un instante, hasta que identifico esta extraña sensación con la de otras noches de insomnio. Noto los latidos del reloj bajo la piel, unas veces detrás de la oreja, otras en la sien; ahora me está pasando en el cuello, pero no, no es el tiempo: es la sangre, el corazón. Es como uno de esos espasmos que se apoderan del párpado y hacen que se abra y se cierre incontrolablemente, ¿no te ha pasado nunca? El ritmo implacable de los engranajes del viejo Festina parece diluirse con las sístoles y las diástoles, ya no es tic-tac, sino bum-bum. Bum-bum. Me lo saco siempre antes de acostarme y lo dejo en la mesilla de noche, al lado de la botella de agua, el móvil, los kleenex y algún libro. Desde que leí aquel relato de Cortázar –cuando te regalan un reloj te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca– me da cierta ansiedad meterme en la cama con él. Pequeñas manías, como la de hacer eses con la mirada entre las líneas del asfalto o cerrar fuerte los ojos antes de abrir el buzón. 

jueves, 28 de marzo de 2013

rojo carmesí



En el ático frente al mar los atardeceres traspasan las ventanas y se cuelan cuerpo adentro. Por los ojos, por la boca, por todas las heridas que no se acaban de cerrar. Rojo carmesí, como los brotes del granado del jardín, como la sangre que corre lenta por sus venas estrechas de cartón piedra. El cardiólogo dice que habría que volver a abrir para remendar los hilos y yo no paro de ver aquella imagen de Frida Kahlo con las tijeras en la mano y el pecho abierto. Tengo que repetirme en voz baja que se necesita muy poco aire para respirar –mi ensalmo particular–, poco, muy poco. Si las palabras no se me escapasen al viento, podría escribir un cuento del hombre-retazo. También escribiría otro de la niña lunática, o de la mujer-erizo, pero sopla muy fuerte el aire estos días y se me vuelan las letras como hojas secas. El otro médico, el de las conciencias, me mira a los ojos y me hace hablar. Sujeta con sutileza un bolígrafo plateado y dibuja sobre el papel algún que otro borrón. Esto es tu sumatorio, dice al cabo, señalando un puñado de líneas precedidas por este símbolo. Intento concentrarme en sus palabras, pero la voz se desintegra antes de llegar a mis oídos, se desvanece tras el rojo atardecer que me ciega. Frida y sus tijeras. Poco aire para respirar. El sol, el mar. Poco aire. Buscar una vía de escape para descentralizar la suma de presiones. Rojo sangre y un deseo: que se queden las palabras y se me lleve el viento. 

domingo, 3 de marzo de 2013

frágil

Cuando se tumbó a mi lado para dormir la siesta -el cielo azul entrando por los ojos hasta la médula-, la sentí tan cerca que pensé que me estaba enamorando. Me entró un miedo desproporcionado y quise huir, pero fui incapaz de moverme. Tiempo más tarde descubrí que lo que me atraía no era su cuerpo sino su dolor, todo el dolor que llevaba dentro y que me impulsaba a abrazarla, a envolverla con papel de burbujitas para que ningún golpe la acabase de resquebrajar. 

lunes, 18 de febrero de 2013

ojos, vino, cena, piedra, vaca


Llevo puesto un delantal con la cara de una vaca muy graciosa. Me he sentado en la esquina de la cocina y me he puesto a leer. Al segundo vaso de vino se me han empezado a cerrar los ojos y ahora me cuesta mucho mantenerlos abiertos. A veces me fascina tanto lo que leo que siento como si las letras estuviesen escritas en mi piel y tomasen vida. Mi abuela duerme en el sofá de flores, aunque si le pregunto, dirá que no, que no duerme, és que se'm fan els ulls petits, nena, però estic ben desperta, y me dirá que en la tele hay un rey rubio con tirabuzones a pesar de que salga el chico moreno del telediario. El viernes cumplió noventa y su deseo fue llegar a los cien. Yo olvidé pedir el mío al soplar las velas, y me arrepentí tanto que luego, cuando me quedé sola, encendí el mechero para volver a apagar la llama como dios manda. Leo en el libro tal vez yo sola estaba despierta bajo las estrellas que vigilaban el sueño de la ciudad, las miraba mucho rato como para cargar el depósito de mis párpados, cabecitas frías de alfiler, sonreía con los ojos cerrados, me gustaba sentir el fresco de la noche colándose por mi camisón: "Algún día tendré penas que llorar, historias que recordar, bulevares anchos que recorrer, podré salir y perderme en la noche", la lava de mis insomnios estaba plagada de futuro y pienso que los míos también, que mis insomnios también estaban plagados de futuro, salvo cuando aparecían los cuchillos y un extraño intentaba extraerme del cráneo la piedra de la locura. Le doy otro sorbo al vino, creo que ya es el tercer vaso, y me doy cuenta de que crecí un poquito al apagar esa llama con tantas ganas, persiguiendo un deseo que me inspira la certeza de que cumplirlo será hacer más fácil la vida, a pesar de las montañas que tenga que subir. Se me han hecho los ojos muy pequeños y yo de momento no quiero llegar a los cien, aunque me hace pensar la frase en la que se detienen mis pupilas: no hay que tenerle tanto miedo a la huella del tiempo. Huele a quemado y tengo la cena en el fuego. Es lunes, debería cerrar el libro y dejar el vino.     

viernes, 8 de febrero de 2013

gent normal


Obrir la porta de casa i pujar les escales del jardí. Corre, corre, que no s’escapi. Travessar l’herba i sortir al carrer. I want to live like common people. I seguir corrent vorera avall, els talons tocant el cul de tanta baixada. Com aquella escena de Billy Elliot –te’n recordes?– que ens feia plorar de tant com el nen corria i ballava de ràbia. El mar al fons, I want to do whatever common people do. Corre i que soni la música ben fort, carrer avall perquè no s’escapi el crit que palpita a la gola. I want to live like common people. Creuar la plaça de l’església, l’avinguda del canal, el pont de l’estació. El pensament estàtic, el crit a punt d’esclatar, la platja cada cop més a prop. Ell ballava per desfogar-se, picava de peus a terra al ritme de la música –like common people, like common people, like you– que sonava dins el seu cap. Ballava i corria fins que li mancaven les forces. I want to sleep with common people i ja sento la sorra escolant-se a les sabates, el cor a mil per hora i les cames que no poden parar. L’aigua està gelada i els texans nets, però ja m’arriben les onades als genolls i, saps què?, que tant me fa. Només vull deixar anar el crit, desfer-me de tota la ràbia que em retruny per dins i em corca els somnis. I want to live, to sing, to laught along with the common people! I veure el que és anar passant els anys, esperant la solució que s’emporti tanta por, i riure, i beure, i anar tirant...  


martes, 29 de enero de 2013

grietas

El día que la crisis cruzó el umbral de casa papá y mamá se echaron la vida en cara -no cosas, sino todo-, toda una vida que se desmoronaba al compás de los reproches, al ritmo de las grietas que se abrían por todas las paredes, brazos esqueléticos que hacían saltar la pintura blanca para destapar la realidad, para hacernos entender que el suelo que pisamos no es más que el puñado de runas de un pasado falaz, de algo que ya sólo existe -y tan solo a ratos- en la película de la memoria.