lunes, 24 de octubre de 2011

tiembla como un niño frente al mar

Y qué si sólo me salen palabras bonitas, si se me atropellan los latidos en la boca para arroparse en los tenues huecos de tu voz. Dejaré de resistirme a la vorágine del vértigo. Total, el jodido verbo enamorar no cambiará de significado por más que lo intente. Pero no importa, ya sé que faltan palabras en el diccionario para definir el preciso instante en que la lluvia traspasa el suelo, el punto exacto en que el glaciar se funde con la ingravidez del mar.

martes, 18 de octubre de 2011

la cuadratura del círculo

Perdí de vista el momento en que empecé a correr. Pero sé que corrí, corrí mucho y muy rápido y sin parar. Las ganas de gritar en la boca y el vértigo clavado en los ojos. Corrí tanto que se acabó la tierra y de repente ¡ZAS!: vacío bajo los pies. ¿Te acuerdas de volar?

Intento no tener miedo. Y dosificar la tristeza (pegada a las horas que se despeñan en el agujero negro de la memoria), y pararme a respirar, y pensar a cámara lenta y entender por qué narices mi cuerpo ha quedado atrapado en la gravedad de tu boca. Que se me atranca el aire en la garganta cuando me entra el instinto irracional de arrancarte las pecas a conciencia.

Cuando los días se suceden a velocidad de vértigo producen una especie de sinergia que trasciende los límites de la lógica. Por eso, supongo, entender la relación causa-efecto de tenerte delante y sentir estas ganas irrefrenables de saltar a por ti, es la cuadratura de mi círculo particular. Soy incapaz de procesar que estoy volando, que sopla la vehemencia y el suelo está a leguas mil de mis zapatos. ¿Y si me caigo?

Ahí aparece el pánico y me hago pequeñita, una hormiga diminuta esquivando los elefantes de la inseguridad. Y ahí, también, me entra la necesidad de pedirte perdón por quererte abrazar en exceso, por ser una intrusa en tu vida, por no saber cartografiar este espacio sin los puntos cardinales de tu voz.

domingo, 16 de octubre de 2011

pídele a la luna que relama las heridas

Oigo tus gritos desde mi cama. Te oigo aullar, a lo lejos, tu voz rota clamando anestesia. Me ametrallas a porqués con la desesperada incomprensión de un extraterrestre. Los sentidos me estrangulan la razón. Te juro que por momentos me arrancaría las venas y amordazaría el deseo, asediaría las fosas del instinto para evitar un simple rasguño en tu piel. Hacerte daño es una pesadilla enfermiza, sin embargo he sabido hacerlo casi con el arte del mejor sicario de la ciudad. ¿Y ahora qué? Naftalina intravenosa, por favor. Oler tu sangre me recuerda que soy tan débil ante la locura...

Ni raparme la cabeza ha conseguido ahuyentar los sueños esta vez. Los conatos de rebeldía han minado todas mis expectativas de madurez, como cuando a los quince me partía los labios en cada esquina por correr a ciegas contra los muros. La repetitiva historia de Babel. Me rompo a pedazos por dentro. Me desmonto pero soy incapaz de volver a por ti. Me largo con la frustración del romántico que lo tiene todo y no quiere nada. No puedo evitar salir corriendo, saltar al vacío, echar a volar. La sugestión no entiende de justicia, tan solo fluye al compás de los cantos de sirena. Lo siento, reina inca, he caído en la trampa, me he dejado atrapar.

jueves, 6 de octubre de 2011

caminante, son tus huellas el camino y nada más

El día que comprendí que se pueden cazar vidas con los ojos, con miradas lanzadas al aire, con un simple parpadear... aquel día supe lo que era el vértigo.

Basta un soplido para abrir o cerrar una puerta. Un hilo de aire, un mensaje, un guiño. Es un instante, el chasquido decisivo que hará que mañana despiertes en Marte o en Plutón. Una encrucijada sin señalizar que te obliga a decidir hacia dónde ir, a seguir caminando porque el tiempo no se detiene a la espera de nadie; ya lo decía Machado, que caminante no hay camino, se hace camino al andar... Y de tu paso depende que el día sea rojo, amarillo o gris. Lo jodido es que en ese preciso momento el destino es tan volátil que sus ecos resultan sordos ante el estallido del desatino.

¿Sabes de qué te hablo? De tener el azar en las manos y los pies al borde del precipicio. De saber que un suspiro tiene la inercia suficiente para empujarme a caer, que una sonrisa puede abrir de par en par las ventanas del sentir, posarse en tu boca y tentarte a venir. Ven conmigo. ¿No lo oyes? Te llama mi piel. No es mi voz, sino el susurro de algo que serpentea por dentro, los gritos de la sangre reclamándote a bocados.

miércoles, 28 de septiembre de 2011

engrunes, pluja, tardor

S'escola la tardor per les escletxes de les persianes; encara no he sabut renunciar a la rutina estival de dormir amb les finestres obertes, tot i l'exigència de la pell. Tardor a les parets, als prestatges, entre els llibres, sota el llit. Rememoro els trons que la matinada d'ahir van despertar-me a batzegades, brrrrrum! Amb tant de renou dins la memòria, les gotes de pluja (que aquest vespre cauen amb inèrcia de ploma d'ocell) esdevenen engrunes de tristeses esmicolades, petits vidres d'un mirall trencat. Necessito fulles seques a dolls, marró castanya, taronja occidat, vermell magrana, groc envellit... tempestes de romanticisme que tenyeixin el gris de l'asfalt dels colors de la caducitat, de tot allò que mor per tornar a reviure demà amb més força.

viernes, 9 de septiembre de 2011

la tendresa de les paraules

Recuerdo que el sol quemaba, estaba sola y tenía unas ganas infinitas de lluvia. Se me escapaba el humo del cigarro entre los labios mientras me venía a la cabeza aquella frase que había encontrado removiendo papeles viejos: He perdut el fil d'una pila de vides que em servien d'abraçada, i ara hi ha tardes que sento que em falten capes sobre la pell. Me quedé absorta mirando la ceniza y la taza de café. Pensé que si hubiese bajado del metro un par de paradas antes, me habría sentado a desayunar en la terraza de aquel bar chiquitín, al lado de su trabajo. Podríamos habernos cruzado por la calle; con suerte, hasta podríamos haber coincidido en el bar. La habría abrazado con la mirada y le habría dicho a silencios que m'enamora el seu tarannà (perquè hi ha ulls, i mirades, i somriures i veus i cadències i paraules -la tendresa de les paraules-, que enamoren). Pero estoy aquí, me dije, porque hace tiempo que dejé de jugar a perseguir casualidades. Seguí mirando absorta el hilo de humo del cigarro al consumirse, me quedaba medio dedo de café en la taza y tres o cuatro notícias en el periódico. Creo que fue por aquellos tiempos cuando me enganché a la nostalgia, a la maldita nicotina del echar de menos...

jueves, 8 de septiembre de 2011

una mañana cualquiera de abril, o de marzo, o de junio

La niebla se fumaba el horizonte aquel amanecer de primavera. Salí a recoger algas con los pies descalzos, como de costumbre. El sueño se me despegaba de los ojos a medida que las olas, tímidas, se abrazaban a mis tobillos. Caía lluvia de aquella tan finita, de aquella que apenas se ve. No recuerdo cuánto tardé en ver tu patinete varado en las rocas (un patinente de esos de mar, con pedales y un pequeño tobogán en la popa). Tampoco sé del cierto si la niebla era densa o la lluvia finita, pero ¿sabes?, no importa. Sería una mañana cualquiera, como todas las mañanas de abril, o de marzo, o de junio. Lo especial era que estabas allí, y era tu presencia la que hacía que las nubes se fumasen el cielo y el mar desprendiese morriña. Apareciste así, de repente. Tu cuerpo inerte sobre la arena despertaba tranquilidad, tanta tranquilidad que te acosté en mi cama casi sin despertarte. Y allí dormimos todas las noches hasta hoy. Aterrizaste en Mar de lluvia como quien aterriza en Plutón, y pronto te acostumbraste a la rutina de salir a recoger algas cada amanecer y a este reloj que se salta las horas cuando tiene prisa y cuenta los segundos a cámara lenta cuando siente la necesidad de pararse a respirar.