Esta vez no cambiaré de nombre ni
buscaré otros agujeros donde enterrar todas estas palabras huecas.
Seré yo y me quedaré aquí, aunque me cueste alguna que otra eternidad podar la zarza de inviernos que me trepa por las venas. Contra los miedos, terapia de choque: he abierto la escalera más alta que tenemos en casa y he subido hasta el último peldaño. En la mano, las tijeras de jardín. He llegado hasta arriba y he vuelto a bajar y no ha pasado nada, ni me he roto la cabeza ni se me ha clavado la cizalla oxidada en la yugular. Luego me he mirado al espejo y ha sido entonces cuando he decidido no escapar. Bueno, en realidad no ha sido una decisión, sino más bien un desafío. El vértigo me miraba desde el otro lado del cristal, riéndose a carcajadas de mis asimetrías mentales, y, en vez de correr, me lo he quedado mirando yo también y he pensado "te vas a joder, conmigo no puedes". Y aquí estoy, sin más, cantando a gritos canciones que jamás hubiese pensado escuchar. Para qué tanta filosofía y tanta premeditación, tantos principios, tanto prozac, para qué, de verdad, si, después de todo, hasta el mejor malabarista acabará perdiendo el control de sus cariocas de fuego.
lunes, 28 de abril de 2014
martes, 8 de abril de 2014
murciélagos
Intentaba abrir la puerta de casa pero no encontraba las llaves. Y en la oscuridad de la noche han venido a mí todos los fantasmas, los murciélagos viscosos de la pena, de la culpa y del dolor. Los he visto subir desde el fondo de la calle negra, venían deprisa y no he sabido salir corriendo. No sé, me he quedado inmóvil. Tenía miedo pero no podía correr. En vez de eso, he abierto la boca para que me entrase el huracán dentro, como si una fuerza imbatible me obligase a claudicar. Y así, casi sin querer, he vuelto a sentir sobre la piel todas las patadas, todos los morados de aquellos golpes que me cayeron encima aunque no eran míos. No, no eran míos. Llegaron a mi cuerpo por error, porque fui el blanco fácil de una rabia ajena. Y quizás por eso los acepté, porque quise creer que no me pertenecían. Uno detrás de otro -golpe, grito, golpe-, y otra vez las manos en la cabeza, en la oscuridad de la noche, cuerpo a tierra sobre el asfalto helado. Que se fuese a ver el mar, le dije después de todo. Me salió la voz del rincón más remoto de las entrañas y pronuncié mar. Mar. Lo mandé a la playa inconscientemente. Para que se limpiase la conciencia, supongo. Me salió por la boca sin querer: Mar, mar. Y ahora lo vuelvo a decir flojito como un conjuro. Por un momento se calla el batir de alas de los asquerosos murciélagos y siento el murmullo de la palabra recorrerme las venas. Esta vez cierro los labios para retenerla en mí. Que se me quede el salitre en la sangre para restañar las heridas viejas. Me he quedado encogida en el umbral de la puerta, mirando cómo se desvanecían los fantasmas y se calmaba el huracán del recuerdo. No sé si consiste en eso el perdonar.
domingo, 16 de marzo de 2014
dos, tres, luz
He visto el haz del faro pasar por encima de la
cabeza. Dos segundos, tres segundos, cuatro. Y otra vez el destello hundiéndose
en la noche. Demasiada noche, demasiado negra, demasiados versos haciendo
temblar la noche negra del cuerpo hasta la extenuación. No nos dejaron mapas de la oscuridad, no nos dejaron mapas de nada. Pero ya está ahí, otra vez, después de tres segundos, cuatro, la estela del faro peinando el vacío. Y me vuelan los ojos detrás de la luz como cometas sin rumbo. No sé cuántos universos paralelos debo guardar en las cavernas del pecho para estar tan perdida. La clave, dijeron, son los segundos de oscuridad. Dos, tres, luz. Cuatro, cinco, seis, luz, luz. Me desconcentro al contar con el temblor de los versos. Supongo que no importa, es bonito este momento.
lunes, 3 de marzo de 2014
saliva
M'he esbandit els ulls d'odi
Montserrat Abelló
Se derrite el chocolate en la boca. Aprieto la lengua contra el paladar para retener el sabor. Todo el odio y toda la rabia se concentran en las mandíbulas, las muelas de arriba contra las de abajo para no escupirle en la cara las crueldades que se me pasan por la cabeza. Le hubiese tirado encima hasta los platos sucios. Los he visto volar por los aires y aterrizar sobre su cuerpo, y detrás de la vajilla venía también la ropa arrugada, las llaves de casa, el piano, los gritos, la... ¡Basta! He frenado la imagen con los puños y los colmillos para evitar el arrepentimiento. ¡Basta, basta! Que la rabia no se convierta en pensamientos. He arañado con los ojos la pared mientras se me apelmazaban las lágrimas detrás de los párpados. No llorar, no decir, no pensar. Clavar las uñas en las palmas de las manos, los dientes en los carrillos y una presa de chocolate en el paladar para cauterizar toda la rabia y todo el odio que no hay que decir, que no sé llorar, que no quiero pensar. Esperar a que se derrita, poco a poco. Y tragar lentamente el líquido espeso y dulce que se mezcla con el regusto a óxido de la sangre. Se irá deshaciendo hasta desaparecer. Unos minutos y no quedará más que saliva. Saliva para fregar los suelos de la conciencia y borrar la culpa de haber pensado, de haber sentido. Nadie sabrá que el precio de evitar hoy la guerra es que mañana cueste un poco más respirar.
jueves, 13 de febrero de 2014
C'est la vie
"En la vida le pasaba igual, resulta tan empobrecedor -decía- atenerse de forma rígida a lo que se ha elegido, descartando cualquier posibilidad igualmente interesante, y sin embargo hay que contar con ello, nos pasamos la vida decidiendo, por mucho que nos agobie decidir, ésa es nuestra condena, la sed de infinitud chocando contra los barrotes de la jaula, suspiró, c'est la vie. [...] es muy injusto que la vida nos fuerce a tomar opciones excluyentes"
Lo raro es vivir, Carmen Martín Gaite
Hace un día tan bonito que ni me lo creo. Ni siquiera hace frío. He saltado de la cama y al abrir la puerta, casi con los ojos cerrados, me he chocado con un cartel muy grande con letras y globos de colores. Me ha dado la risa y me quedado un rato sentada en el primer peldaño de la escalera. No había nadie en casa y mi carcajada ha recorrido el pasillo de punta a punta. Por un momento se ha calmado el huracán que tengo metido en el estómago. "Sed de infinitud contra los barrotes de la jaula", no había una cita mejor. La he encontrado en la bandeja de entrada del correo. Encima de la mesa de la cocina había dos periódicos y una nota. Qué rara es la vida, pero qué alegría que haya gente que te cuide, aunque sea sólo a ratos. Me he prometido no olvidarme de pedir un deseo cuando sople las velas. No sé cuál todavía, tengo todo el día para pensarlo. Hasta en esto hay que elegir. Ayer me dormí leyendo "mans més petites que la pluja" y pensé que hoy inevitablemente llovería, pero hace sol, un sol gigante que deshace el frío. Y casi ni me lo creo. Quizás sea el día ideal para bajar al mar y hacer volar la cometa.
jueves, 6 de febrero de 2014
como si nada
Todavía no sé de dónde saqué las fuerzas, después de todo, para levantar la cabeza y hablarle como si nada. Como si no hubiese pasado nada. Era abril pero no fue bonito. O quizás sí, seguro que algo de estético tenían todos aquellos morados floreciendo como primaveras en las entrañas, la rabia convertida en flor carnívora para devorarlo todo. No sé, va pasando el tiempo y hay cosas que no se marchan. Las quieres echar pero están ahí, dentro de ti. Aunque las llores dejan su poso, cicatrices que no se borran ni frotando con lejía. Después de la peli del otro día me quedé pensando si el dolor es una opción, si se puede elegir sentirlo. Es tan abstracto y a la vez tan material... A veces piensas que se ha ido y cuando menos te lo esperas vuelve a por ti, puñales oxidados clavándose en la conciencia. Y por un segundo te quedas inmóvil, sin saber qué hacer, si elegir sentirlo o levantar la cabeza y hacer como si nada. Hablar, caminar, sonreír. Concentrarte en el rojo-sangre que también es rojo-cereza y seguir pa'lante. Como si no hubiese pasado nada. Como si hubiese pasado todo. Al fin y al cabo, volverá a llegar abril y quién sabe si esta vez va a ser bonito.
miércoles, 5 de febrero de 2014
Qui sembra misèria recull la ràbia.

"Estoy cabreada", decía aquella mujer que llamó a la radio. Tan cabreada como nos hemos sentido todos después de recibir la carta del Ministerio anunciando que a papá le suben la pensión 75 céntimos. 0'75 € escrito en un folio de 80 gramos con tinta a todo color, hay que joderse. También llegó otro sobre de la Generalitat, notificando que la abuela tiene derecho a cobrar la ayuda por la Ley de Dependencia. Manda cojones, dos años recibiendo la misma carta y sin ver un duro. Se toman la molestia de comunicarlo, eso sí, "tiene derecho a" pero de qué diablos servirá tanto derecho si jamás llega el dinero. "Si no me lo quieren dar, que no me lo den", decía la mujer de la radio. Lo que indigna es esto, esta maldita carta (tinta y papel de primera calidad) cuyos gastos de envío ya sobrepasan los míseros 75 céntimos que, haciendo un gran esfuerzo, te regalan. Te conceden los derechos y al mismo tiempo te los niegan. Con toda su pachorra y una dosis extra de sarcasmo metida dentro de un sobre. Ya ni hablemos de la nueva Ley de Protección de la Vida del Concebido ni de la Ley de Seguridad Ciudadana. Dime si no entran ganas de partirles la cara, de salir a la calle y reventarlo todo. Pero no lo digas muy alto, mantén las formas; que, encima, si les tocas el orgullo, hasta el segurata del Mercadona podrá detenerte con cualquier pretexto inventado en la puerta del súper. Ese súper, ese maldito supermercado donde has estado invirtiendo los últimos años, ignorando que el señor Juan Roig dedicaba sus beneficios a alimentar la caja B del Partido Popular. Así que sí, para más sorna, todos hemos contribuido a que esta panda de capullos llegue hasta aquí. Que no llueve, que no. Que se nos mean. No sabe cómo la entiendo, señora. Yo también estoy cabreada. Y "cabreo" es una forma sutil de definir tanta rabia. RABIA. RABIA. RABIA.
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