viernes, 1 de agosto de 2014

que mata

Mira, dicen las fotografías, así es. Esto es lo que hace la guerra. Y aquello es lo que hace, también. La guerra rasga, desgarra. La guerra rompe, destripa. La guerra abrasa. La guerra desmembra. La guerra arruina. 

Susan Sontag

Cuando bombardeaban Barcelona, cuenta la abuela, todos los vecinos tenían que correr a esconderse cuerpo a tierra entre las patateras del campo. Desde allí, con el barro pegado a la ropa, las bombas parecían fuegos artificiales. Eran bonitas todas aquellas luces, dice la abuela, y lo dice con la misma naturalidad con la que años atrás desplumaba codornices o limpiaba las sardinas -les hincaba el dedo en la ranura de las branquias y les arrancaba la cabeza de cuajo, luego les hacía un corte con las tijeras en el vientre y les sacaba las tripas sin dejar de hablar: “eran como cometas”, decía-, cometas que caían del cielo sin que se pudiese sospechar que al día siguiente trozos de cuerpos colgarían de los cables de la luz. Porque la guerra mata, destruye, arruina, desgarra. La guerra es muerte y a pesar de ello la creamos, buscamos la maldita puta guerra en nombre de la paz. La buscan todos aquellos que se llenan la boca con palabras estúpidas y biensonantes, todos aquellos que empiezan por creer que son distintos y se merecen más. Claro, somos distintos... pero ¿dónde están los límites? Los demás oímos y asentimos. Creemos. Y hasta sentimos. Nos creemos y nos sentimos mejores y con derecho a más. ¿Y los límites? Pueden parecer fuegos artificiales pero son bombas, metralla que arruina y quema. Que mata. La abuela lo contaba mientras rallaba el tomate para el sofrito. Ahora es ella la que está sentada en el taburete y me mira cocinar. Por la radio, oímos las declaraciones de una diputada israelí proclamando que las madres palestinas deben morir para no seguir pariendo pequeñas serpientes terroristas. Hace un rato, sin embargo, el embajador israelí en Washington aseguraba con un convencimiento absoluto que "Israel merece el Nobel de la Paz". Matar por y para la paz, como si fuese veneno la sangre del que nos empeñamos en que sea nuestro enemigo. ¿Dónde está el límite? En el aire y desde lejos, un proyectil puede ser un cometa. Desde cerca, huele a odio. A podredumbre. A rabia. A asco. A miseria. A manipulación. Y mata. Nos quedamos mirando la una a la otra y me pregunta: "¿hasta qué punto los humanos somos capaces de justificar la guerra?" 

miércoles, 9 de julio de 2014

verde pistacho

...y, sin embargo, no podía gritarle que me salvara. ¿Entonces? Yo sólo sabía que no puede nombrarse lo que no existe. Y nada existía: sólo una certeza resbaladiza como un caracol, un aceite que se escapaba entre los dedos y dejaba manchas.
La buena letra. Rafael Chirbes

Una mano fría me aprieta la garganta y no me deja respirar la vida.
El libro del desasosiego. Fernando Pessoa

Me han despertado las sacudidas del universo. Algo debe de estar pasando para que gruñan con tanta rabia los dioses y no deje de soplar este viento raro. No había luz y me he metido en la ducha a oscuras. Me he mirado la silueta de los pies desnudos y he cerrado los ojos para imaginarme debajo de la tormenta. Llevo días intentando prepararme para cuando vuelvan los cuchillos. Porque volverán, igual que se vuelve siempre al escenario del crimen. El mío, mi crimen particular, es verde. Verde pistacho, como el verde de los armarios de la habitación que dejó de ser refugio para volverse pozo. Creía haberlo olvidado pero es mentira. Para qué gastar más tiempo en engañarse: desde el preciso instante en que sentí el crujir de los huesos, supe que aquella brecha no se podría reparar, que era una herida invisible pero imborrable. Aunque preferí no confesar. Pensé que, quizás, si no puede nombrarse lo que no existe, no nombrar lo que había pasado podía ser una buena estrategia para hacerlo desaparecer. No tuve en cuenta que un secreto es un cadáver. Y que llegaría un día en que me faltarían fuerzas para arrastrar al muerto. Un pedacito de mí se quedó encallado en ese momento. Y ahora, después de los años, empiezo a acordarme del verde pistacho cuando preparo el café. Verde pistacho en el baño, verde pistacho en la cama, verde pistacho en cada rincón de casa. Verde el viento que se agarra a la garganta como esa mano fría que no deja respirar la vida. Supongo que por eso el cuerpo me pide los abrazos de la lluvia y el no-color de la oscuridad.

lunes, 7 de julio de 2014

intemperie



Empieza a clarear por el retrovisor. Enfrente, la carretera y la noche. Acelerar a conciencia para llegar a casa antes de que salga el sol. Suenan -y sueñan- los Pixies también a conciencia, las ventanas abiertas, el viento que no se cansa nunca de rabiar. Qué mejor momento para abrirse el pecho en canal y dejar que chirríen todos los gritos que llevas dentro, ahora que no hay nadie, que nadie te oye; para soltar la manada de Orlandos y que se rompan la voz contra los barrotes de la jaula, contra el ruido del mundo. Eh, dime, ¿quién crees que soy? ¿qué esperas de mí? Todo es muy raro, pero no pares. Acelera un poco más, que así parece que no vaya a terminarse jamás ni la canción ni la noche. Debe de ser esto la intemperie: sentir el viento, la rabia, los gritos, respirar y soñar, el deseo, la lluvia, el tiempo. La soledad, en un instante eterno, conduciendo a la deriva sin nada escrito en los zapatos. 

lunes, 30 de junio de 2014

maldita criatura consentida


Cuando sucedió eso, Orlando exhaló un suspiro de alivio, encendió un cigarrillo, y durante un par de minutos fumó en silencio. Luego llamó indecisa, como si tal vez no estuviera ahí la persona que buscaba: "¿Orlando?". Porque si hay (dicho a voleo) setenta y seis tiempos diferentes latiendo a la vez en la mente, ¿cuántas personas diferentes no habrá, el Cielo nos asista, alojadas en uno u otro tiempo dentro del espíritu humano? Según algunos serían dos mil cincuenta y dos. Así que es lo más corriente del mundo que una persona, en el momento en que está sola, diga: ¿Orlando? (si ése es su nombre), queriendo decir: ¡Venga, venga! Estoy hasta las narices de esta personalidad. Quiero otra.

Orlando. Virginia Woolf



Llamas a Orlando pero no viene. Y durante más de dos minutos fumas en silencio en el balcón. Es de noche, hace viento y lo vuelves a pronunciar entre dientes -Orlando- mientras los setenta y seis tiempos diferentes que laten en la mente reproducen las escenas que sueñas estar viviendo en universos paralelos. En alguno, tu Orlando más desenvuelto está hablando con esa chica de los ojos verdes, contando cualquier anécdota graciosa para hacerla reír. En otro, seguro, el Orlando tímido la habrá llevado a cenar y ahora estará intentando traducir a sonrisas todo lo que no se atreve a decir. Con los ojos achispados, el Orlando indeciso, tras despedirse de ella, anda por la calle a trompicones, preguntándose si debería darse la vuelta y correr a besarle la nuca o volver a casa sin más. El inseguro ni siquiera ha dado el paso de llamarla; está tumbado en la cama mirando el techo, teorizando sobre los principios del placer y del deber, mientras el poeta busca palabras bonitas, el orgulloso espera de brazos cruzados y el más inconsciente de los Orlandos, en algún otro universo, no ha podido resistir la tentación de morderle la yugular. El viento, que no sabes decir si es gregal o levante, se lleva el humo del cigarro que el Orlando que eres en este instante sigue fumando. Pronuncias otra vez tu nombre bajito, exigiendo que acuda a ti otra de tus personalidades, pero son tan consentidas que nunca viene la que quieres cuando la reclamas -¡Orlando!-. Y no puedes evitar enfadarte un poquito con cada una de ellas, porque estás hasta las narices de tanta psicosis y lo que quieres, en el fondo, son menos sueños, menos yoes y más vida.  

miércoles, 11 de junio de 2014

desafíos

Volver a casa con el vino en las venas. Y el mar, cuánto mar y cuanto vino estos días de apatía. Me han explicado hace un rato que hay tres tipos de personas: las que piensan la vida, las que la viven en los demás y las que se lanzan a vivirla. También me han hecho ver que la nada no existe, que siempre hay algo en algún lugar. Ha sido como una sacudida neuronal. Si el vacío es una idea, no sé qué narices hago con los pies clavados al borde del precipicio. Te pediría vértigo a gritos si no estuviese aprendiendo, a base de desencantos, que no hace falta contarlo todo. Si no me faltasen impulsos y me sobrasen miedos. Aunque el miedo, pensándolo mejor, no debería ser un obstáculo, sino un desafío. 

lunes, 28 de abril de 2014

terapia de choque


Esta vez no cambiaré de nombre ni buscaré otros agujeros donde enterrar todas estas palabras huecas. Seré yo y me quedaré aquí, aunque me cueste alguna que otra eternidad podar la zarza de inviernos que me trepa por las venas. Contra los miedos, terapia de choque: he abierto la escalera más alta que tenemos en casa y he subido hasta el último peldaño. En la mano, las tijeras de jardín. He llegado hasta arriba y he vuelto a bajar y no ha pasado nada, ni me he roto la cabeza ni se me ha clavado la cizalla oxidada en la yugular. Luego me he mirado al espejo y ha sido entonces cuando he decidido no escapar. Bueno, en realidad no ha sido una decisión, sino más bien un desafío. El vértigo me miraba desde el otro lado del cristal, riéndose a carcajadas de mis asimetrías mentales, y, en vez de correr, me lo he quedado mirando yo también y he pensado "te vas a joder, conmigo no puedes". Y aquí estoy, sin más, cantando a gritos canciones que jamás hubiese pensado escuchar. Para qué tanta filosofía y tanta premeditación, tantos principios, tanto prozac, para qué, de verdad, si, después de todo, hasta el mejor malabarista acabará perdiendo el control de sus cariocas de fuego.     

martes, 8 de abril de 2014

murciélagos

Intentaba abrir la puerta de casa pero no encontraba las llaves. Y en la oscuridad de la noche han venido a mí todos los fantasmas, los murciélagos viscosos de la pena, de la culpa y del dolor. Los he visto subir desde el fondo de la calle negra, venían deprisa y no he sabido salir corriendo. No sé, me he quedado inmóvil. Tenía miedo pero no podía correr. En vez de eso, he abierto la boca para que me entrase el huracán dentro, como si una fuerza imbatible me obligase a claudicar. Y así, casi sin querer, he vuelto a sentir sobre la piel todas las patadas, todos los morados de aquellos golpes que me cayeron encima aunque no eran míos. No, no eran míos. Llegaron a mi cuerpo por error, porque fui el blanco fácil de una rabia ajena. Y quizás por eso los acepté, porque quise creer que no me pertenecían. Uno detrás de otro -golpe, grito, golpe-, y otra vez las manos en la cabeza, en la oscuridad de la noche, cuerpo a tierra sobre el asfalto helado. Que se fuese a ver el mar, le dije después de todo. Me salió la voz del rincón más remoto de las entrañas y pronuncié mar. Mar. Lo mandé a la playa inconscientemente. Para que se limpiase la conciencia, supongo. Me salió por la boca sin querer: Mar, mar. Y ahora lo vuelvo a decir flojito como un conjuro. Por un momento se calla el batir de alas de los asquerosos murciélagos y siento el murmullo de la palabra recorrerme las venas. Esta vez cierro los labios para retenerla en mí. Que se me quede el salitre en la sangre para restañar las heridas viejas. Me he quedado encogida en el umbral de la puerta, mirando cómo se desvanecían los fantasmas y se calmaba el huracán del recuerdo. No sé si consiste en eso el perdonar.