viernes, 20 de marzo de 2015

deriva


Había caminado tanto por todas aquellas calles que llegó a sentirlas extensiones de las venas. Las había recorrido huyendo del invierno que le crecía por dentro, dejando que los pies siguiesen las aceras con sol o buscasen las cornisas más anchas cuando llovía. Se hacía de noche pronto y hacía frío, mucho frío, pero no le importaba. Llevaba chaqueta y zapatos verdes y se paraba bajo las farolas porque le parecían jodidamente bonitas. Más tarde descubrió que las miraba más por necesidad de luz que de belleza; porque estaba perdida, tan perdida que gastaba todas las horas del día en recorrer sin parar venas que no eran suyas.

martes, 17 de febrero de 2015

siempre, o casi

Ahora que ya habías aprendido a creer con fe ciega en la capacidad de la sangre para encontrar caminos -la sang sempre troba camins per alimentar les venes-, se para el corazón. Y oyes palabras por todas partes, palabras que te entran por los oídos y llegan hasta el cerebro. Las oyes pero no sabes hasta qué punto las comprendes, hasta qué punto entiendes qué significa muerte más allá de su sentido semántico. La sangre casi siempre encuentra caminos, casi. Y es cuestión de minutos que cuando se taponan todos los atajos llegue una mano salvavidas capaz de abrir una diminuta zanja que evite la nada. Cinco minutos más y nada. Nada. La nada, que debe de ser un sinónimo bastante preciso de muerte. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

fusilamiento

(Banksy)

La pena en el pulmón, la rabia en el hígado, los enfados en el estómago. Eso ha dicho la doctora, seguido de un "creu-me, no hi ha res més". Que llore y que grite, me ha mandado como deberes, que vomite toda la mierda que guardo dentro. Siguiendo sus consejos, he convocado a todos mis monstruos. Los pondré en el paredón y cargaré la escopeta que nunca me he atrevido ni siquiera a coger. En fila, de cara a mí. Nada de darle la espalda al enemigo. Los miraré a los ojos y les clavaré un tiro en la frente, entre ceja y ceja. Pero no de lejos, que nunca he sido buena con la puntería. Me acercaré a ellos lentamente, hasta que se me corte la respiración. Uno a uno, les escupiré en la cara la pena, la rabia, el enfado. Les encasquetaré todo el odio que me han prestado y me haré la valiente para reventarles los sesos. No me sentiré mal por ello. Que me den una tregua y me dejen respirar unos meses, joder. Al fin y al cabo, les faltará tiempo para resucitar y volver a pisarme los talones en menos de que cante un gallo. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

me permitiré la vida

M'acaronaré la pell quan ningú no ho faci 
i ballaré despullada, si vull, sota la pluja. 
I em permetré el somni, l'enyor, el desig.

I Déu en algun lloc, Sònia Moll 

Ha estallado la tormenta mientras explicaba los pronombres en el aula 111. La lluvia en los cristales, los truenos en la pared –gruñidos de monstruo poco mordedor, casi entrañable: los monstruos de verdad se acercan en silencio, no necesitan hacer ruido para aterrar. He intentado seguir el hilo de lo que decía pero se me iban los ojos tras el ventanal. Cómo explicar que los pronombres relativos desempeñan tres funciones dentro de la oración si está lloviendo a cántaros y tengo las manos llenas de tiza, si apenas sé cómo he llegado hasta aquí y he perdido la cuenta del sueño que acumulan mis ojeras, de las palabras que no escribo, de las penas que no lloro. Qué tendrá que ver una cosa con la otra; como iba diciendo, los relativos hacen de nexo, tienen valor anafórico y además..., además vuelve a retumbar el cielo y mi pensamiento se escapa por la ventana, salta de charco en charco: de verde a rana, a nenúfar, al lago del bosque y de ahí a la casa de los espejos, que me recuerda al mar, a Sila, al té de algas y a los paseos por la playa con el horizonte lleno de niebla. Además, decía, cumplen un papel sintáctico dentro de la subordinada que encabezan. No hay nexo lógico para las ideas, ahora estoy tumbada en el suelo de piedra, boca arriba, el frío en la espalda y la lluvia cayendo sobre mí, un alud de agua que me atrapa a velocidad de vértigo, ballaré despullada, si vull, sota la pluja. I em permetré el somni, i em permetré l'enyor, i el desig, i fins i tot la vida. Me acariciaré la piel con pronombres que sustituyan otra piel, un que, un cual, un donde. Me acariciaré con música mientras no haya nadie –mientras no haya nombre–. Sé que es mejor, por ahora, que no haya nombre sino pronombre. Una música que haga de bálsamo, que mitigue los ahogos. Me acariciaré la piel y me permitiré la vida. Porque estoy tumbada bajo la tormenta pero también estoy aquí, ahora, escribiendo en la pizarra del aula 111. Porque a pesar de todo, la vida, a veces, te guiña el ojo y te concede el placer de que te acaricie la lluvia mientras te manchas las manos y la ropa y hasta la cara con polvo de tiza. Algo así debe de ser el devenir (o Déu, potser, en algun lloc). 

lunes, 6 de octubre de 2014

infinito

He llegado a contar seis aviones haciendo cola para tocar tierra, no recuerdo haber contado nunca tantos a la vez. Dibujan una especie de línea parabólica en el cielo que debe de tender a algo parecido al infinito. Soy incapaz de imaginarme el infinito y me indigna un poco mi incapacidad. Me enfada, porque en vez de infinito mi estúpido pensamiento racional me permite imaginar que coges el cuchillo de cocina y me degollas mientras miro la peli del domingo tarde en el sofá. Querría infinito y no esta imagen enfermiza y absurda que me viene a la cabeza cuando clavo la mirada en la nítida oscuridad de una noche limpia. Podrían ser luciérnagas, estrellas o hasta ojos de gato como los tuyos, pero son aviones que vienen de algún lugar; da igual de dónde, todos hacen la misma cola para aterrizar en el mismo suelo, éste sobre el que imagino que vas a convertirme en cadáver. También yo soñé que mataba y no he sabido con qué cara seguir viviendo. Dicen que no es raro pensar este tipo de cosas, no sé. Por si acaso, procuro no decirlo muy alto para que nadie se asuste. Yo sería la primera en salir corriendo si alguien me confiase sus pensamientos asesinos. Y en ofenderme, quizás, si la persona a la que más quiero me tomase por un sádico criminal. Aterriza uno y aparece otro nuevo en la cola, a saber de qué lugar vendrá. Los miro como terapia: embarco en ellos mis peores pesadillas y sueño que despegan hacia algún agujero negro que se los traga. Semejante bobada me proporciona algo de tranquilidad. Aunque, de veras, preferiría vaciarme de todo el cráneo para que cupiese el infinito.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

anticiclón



será como un anticiclón
la pura realidad que nos atrapa


Han aparecido juntos en el buzón, Lorca desde Madrid y Pessoa desde Lisboa. Las postales son pedacitos de viajes que no he hecho, pero como si. Quizás ellos -Lorca y Pessoa- tengan la convicción suficiente para hacer estallar de una vez la tormenta. Está ahí desde hace días aunque no cae. Cada día a esta hora las nubes negras. Y el desasosiego de esperarla, de saber que está acechando y que de un momento a otro caerá, porque nos han enseñado que así funcionan las cosas. Pero no estalla y da rabia -siempre da rabia aguardar algo que después no sucede-. Por lo menos, suenan sin parar canciones nuevas que me tientan a coger el coche y a conducir lejos. A subir el volumen y acelerar, las ventanas abiertas, el viento, la música, el mar, una de esas carreteras que llevan al faro. Si cierro los ojos todavía puedo volver a recorrer la ciudad de las esquinas y el abandono dentro de ese Golf azul eléctrico con casetes de años ha. Las canciones también quieren viajar y yo las dejo que me tienten. De aquí a Bilbao, de aquí a Oslo, de aquí a Plutón, donde queráis. Sólo sonad -les digo- mientras acelero hacia la tormenta para que reviente el cielo. Si te digo la verdad, la sed de lluvia de hace unos días venía de las ganas de regodearme en la nostalgia, pero después de tanta espera, lo que me apetece ahora es que caiga tan fuerte el chaparrón que el ruido del agua sobre la chapa del coche lo ensordezca todo. Pessoa me mira bajo su sombrero como queriendo decir "qué sabrás tú de chuvas" y le contesto que nada. "Nada", aunque sólo para que no se ofenda, porque bien tiene que saber él que muchos libros también son pedazos de vida que no has vivido, pero como si.  

sábado, 30 de agosto de 2014

comeré cebolla cruda con una copa de vino

Abro la despensa. Arroz no, ni pasta. ¿Ensalada de tomate con atún? El corazón le late lento. En los cinco pasos que van de la despensa al armario de las verduras me he olvidado de lo que busco. Le late lento el corazón. No era berenjena, calabacín tampoco, ni cebolla, aunque ya tengo una en las manos, tal vez me sirva para hacer algo. Los tomates, eso es, pero aquí no están. Da igual, comeré otra cosa, pensándolo mejor, no me apetece otra vez ensalada. Abro la nevera: hay las sobras de la barbacoa de anoche, un tupper diminuto con medio pimiento verde, los macarrones del martes, un trozo de tortilla que se está ganando la inmortalidad. Me balanceo apoyada en la puerta, también hay una botella de vino abierto, olivas. El médico lo dijo con uno de esos nombres que suenan a extraterrestre, que el corazón le late lento y las pulsaciones son muy flojitas (bum... ... ... ... bum), pero ella no tiene ganas de irse. Está muy cansada pero no quiere irse aún, me lo dijo el otro día mientras le preparaba la merienda. Podría calentar la butifarra en el horno, pero ya he cerrado la nevera, no tengo hambre. Me he sentado a fumar en el jardín, las ramas del granado han crecido más que nunca este verano. Debe de ser muy jodido sentir que la vida se te va acabando sin tener ganas de despedirte todavía. Llámalo dramatismo barato, si quieres, pero la muerte es ley universal y tan ridículo es jugar a creernos eternos como estar aquí sentada con una cebolla en las manos, pensando que quizás si la despellejo seré capaz de llorar todos los dolores viejos. Y puede que hasta alguno nuevo.