lunes, 7 de noviembre de 2011
ráfagas de viento polar
domingo, 6 de noviembre de 2011
estrellas fugaces arañando la noche
viernes, 28 de octubre de 2011
espejos rotos
Qué alivio la lluvia. Los truenos, el viento, las nubes, el frío. Qué alivio sentir que el cielo respira y que él también llora. No dejo de preguntarme cómo deben de sentirse las tormentas debajo del mar (agua con sed de más agua, peces saciados de tanta sal). Firmaría una tregua con los relojes para que detuviesen su murmullo durante unos días. A cambio, prometería sobrellevar las ansias de hacer maletas y largarme de este lugar. ¿Serán los pasos del miedo este continuo retumbo que me persigue al caminar? Mis ideas reclaman la paz a gritos. Están hartas de influjos ajenos y tristezas impuestas. Quieren salir corriendo y desaparecer, subir a la nave espacial del sueño y dejarse contagiar de ilusiones sin complejos, de serpientes sin veneno y miradas de cristal. Levantarse de la mesa y decir que no, que no van a desempeñar más papeles hueros en el escenario descolorido de esta fantochada. Que llueva y truene y hiele, que sople el viento y se lleve los espejos rotos. Yo me quedaré quieta, mirando al cielo, lluvia en los ojos y hasta en los huesos. Seré un pececito debajo del agua, como esos naranjas del patio de la facultad que esta tarde se comían la tormenta a besos.
lunes, 24 de octubre de 2011
tiembla como un niño frente al mar
Y qué si sólo me salen palabras bonitas, si se me atropellan los latidos en la boca para arroparse en los tenues huecos de tu voz. Dejaré de resistirme a la vorágine del vértigo. Total, el jodido verbo enamorar no cambiará de significado por más que lo intente. Pero no importa, ya sé que faltan palabras en el diccionario para definir el preciso instante en que la lluvia traspasa el suelo, el punto exacto en que el glaciar se funde con la ingravidez del mar.