Cuando he abierto
la ventana y he visto que habían cortado las ramas del granado he sentido como
si me hubiesen podado también las venas. Me he puesto delante del espejo y no
he sabido con qué ojos mirarme. Ojalá estuviese aquí aquella profesora de
arquitectura que me quitaba el bloc de las manos para corregir las líneas
torcidas. Ojalá apareciese por detrás con sus ganas de enseñar y dibujase un punto
que rompiese el blanco del papel, una diminuta mancha de carboncillo que
sirviese de amarre para empezar a trazar estrategias de fuga. Cualquier impulso que deshaga la apatía y
acabe con el desdén. Es martes y podría ser miércoles si arrancase esta página
de la agenda. También podrían ser las siete si borrase algunos números del
reloj, y hasta podrías estar aquí si me arriesgase a decirte ven, si
llenase las dos columnas de esta lista para saber qué quiero. Me miro sin verme
y pienso que tendré que elegir una chaqueta nueva, un peinado nuevo, unos ojos,
una casa, un destino, un sueño. Tendré que elegir si echar a correr o plantar raíces en
este suelo, si sentarme en las terrazas a pesar del invierno o mejor buscar
estufas que apaguen el miedo. Pero necesito impulso para empezar a moverme, un
pequeño empujón, algo que me ayude a decidir entre quemar las ganas o descifrar el deseo.
miércoles, 18 de diciembre de 2013
sábado, 14 de diciembre de 2013
soñar, sonar, sanar
«Apreté la tecla donde estaba escrita la palabra “amargo”
–yo siempre tomo el café con azúcar, pero a ratos una palabra nos salva con su
rotundidad, en su R rugiente
delegamos la rabia, a través de su O
conjuramos las bocas de aquellos pozos en donde pudimos haber caído.»
Belén Gopegui, La
escala de los mapas
Durante mucho tiempo coincidí con
una mujer en el autobús que se pensaba que yo tenía una extraña intuición
porque sabía el momento exacto en que el L94 iba a girar la esquina. El día que
le confesé que en realidad no era intuición, sino que veía venir el bus en el reflejo
del escaparate de la tienda de enfrente, me dijo que se le había roto un poco
la magia y que, desde entonces, ya no me vería como alguien especial sino
simplemente como una persona observadora. Un mago no puede desvelar sus trucos,
susurró para despedirse. Y en efecto, tenía razón: revelar los secretos es
aniquilar el misterio, deshilachar los alambres invisibles de la fascinación.
Sueña –quería escribir “suena” pero me ha salido sin querer “sueña” y he
pensado que no está tan mal soñar está canción que se cuela hacia adentro por
todas las rendijas del cuerpo excepto por los oídos– la misma música de siempre
y sigo siendo torpe para bailar, aunque la desidia de estos días sea resbaladiza y mis pies no sepan
qué baldosas pisar para ir avanzando. He puesto la brújula sobre la mano abierta y no me ha
señalado ningún refugio. Han vuelto las horas de mar y los cigarros de más, una
calada detrás de otra mientras la vida trata de hacerme entender que va llegando la hora de que me exponga a la intemperie. Que salga a vivir al raso y deje de hacer el imbécil buscando guaridas en las tildes de las eñes de este verbo tan parecido a sonar. Mirar, morar. Como ve, una simple vocal puede trastocar la vida de un hombre. Doy vueltas al contorno de la O como un funambulista. Qué fácil es aguantar el equilibrio con Coldplay de fondo encendiendo cometas –que no hay que llegar a tocar, para que se mantenga intacto el misterio–.
martes, 10 de diciembre de 2013
canino
«Decir esto –pero, sobre todo, escribirlo– me proporciona algún grado de angustia, porque es aceptar que yo no pertenezco a nadie, a nada y que nada me pertenece, excepto el reloj y la butaca. (...) Esto debe de ser la soledad, de la que tanto hemos hablado y leído sin llegar a intuir siquiera cuáles eran sus dimensiones morales. Bueno, pues la soledad era esto: encontrarte de súbito en el mundo como si acabaras de llegar de otro planeta del que no sabes por qué has sido expulsada.»
Juan José Millás, La soledad era esto
La única solución para no ver algo cuando no se puede desviar la mirada de ese punto fijo es cerrar los ojos. Apretar fuerte los párpados y aguardar en la oscuridad. De niña siempre me pregunté cuál era el color de la ceguera, porque estaba segura de que tenía que tener algún color. Me imaginaba el vacío –la nada– como una sábana inmensa pero me faltaba saber de qué color pintarla. Me dijeron que era negro. Negro el universo, negro el vacío, negra la nada. Y yo pensé que si algún día me quedaba sin vista teñiría mi ceguedad de azul marino. Pero ahora cierro los ojos para no ver lo inmirable y la oscuridad es tan intensa que circula por las venas absorbiendo cualquier destello de luz. Y me muerdo el puño para no hablar, para no gritar a los cuatro vientos las palabras prohibidas que nos ahogan a todos: tabúes y mentiras que quieren salir del cuerpo pero no los dejo, tanto miedo y tanta asfixia pasando de los colmillos otra vez a la piel, a los huesos de los dedos que se quedan marcados con la huella de los dientes. Pronto desaparecerá la marca pero volverá a estar dentro lo indecible y lo inmirable y lo imborrable: anorexia-amputación-psiquiatra-sangre-pena-histeria-silencio. Silencio negro y los labios y los ojos y los puños como ostras para que no se escape nada. Que no salga nada de mí para que no se rompan las paredes de cristal de bohemia. Debe de ser esto la soledad: aceptar que no pertenezco a nada y que nada me pertenece, excepto la oscuridad de mis ojos cerrados y las estalactitas de mi invierno interior.
martes, 3 de diciembre de 2013
collage
Hacía mucho frío cuando ha sonado el despertador
y me he quedado un rato más de la cuenta debajo del edredón. Cuando he bajado a
la cocina, la abuela ya me estaba esperando sentada en la mesa para desayunar.
He preparado una cafetera y hemos comido pan con aceite escuchando la radio
(Gallardón hablando sobre el aborto de buena mañana da para muchas horas de mal
humor). Últimamente pienso demasiado a menudo en el día que deje de
existir todo esto y se me entorpece la respiración. He dejado caer tres gotitas de Rescue bajo la lengua antes de salir a la
calle. Se me clava el frío en las mejillas y no quiero decidir hacia dónde ir.
Solo me apetece tomarme el segundo café del día mirando el mar, y el tercero
con alguien que sepa entender, con solo mirarme, todo lo que no tengo ganas de
explicar. Pero me conformaré leyendo el periódico y escuchando canciones que
inyecten vida en las venas. Recorto con impulsos nerviosos las sonrisas de
estos últimos días y las guardo en cualquier lugar, en el cajón de las bragas,
entre las páginas de los libros, dentro de los zapatos. Alegría caótica
desparramada por todas partes. Quizás sirvan para algún collage, aunque ya va
siendo hora de que entienda que, por mucho empeño que ponga, las ilusiones ajenas
no las puedo reanimar.
viernes, 25 de octubre de 2013
zapatos

Las lentejas están en el fuego. En la tele una remilgada proclama que la huelga ha sido un fracaso, luego hablarán de fútbol y dejará de existir nada más. Siento bajar hasta el estómago el último sorbo de vino mientras me miro los zapatos, esta noche he soñado que perdía uno en medio de la calle y la gente que me acompañaba no me dejaba volver a buscarlo. Creo que llevaba un calcetín a topos y otro a rayas, me sentía idiota y el asfalto estaba muy duro. Siempre me ha gustado oír el chupchúp de la comida en el fuego. Una hoja de laurel, una pizca de clavo y un chorrito de cognac, a veces también un trozo de chocolate o una galleta para espesar; mamá siempre nos ha enseñado a cocinar con lo que se encuentra por los armarios. Hoy he cambiado el cognac por vermut y huele toda la casa a lentejas. No sé qué significará perder los zapatos según el psicoanálisis, quizás sea un aviso del subconsciente para que toque de pies en la tierra, pero qué pocas ganas de pisar este mundo que vende libros a precio de caviar. Un fracaso, dicen, y se queda la palabra flotando en el aire, fracaso, fracaso, fracaso pronunciado con una solemnidad que a través del plasma suena a patraña, a mentira de señorito de mierda encerrado en su palacio de cristal. A fuerza de tanto insistir en que el negro es blanco, igual dentro de poco el planeta volverá a ser plano y seremos el centro del universo.
domingo, 13 de octubre de 2013
sandías
Las estelas de los aviones se confunden con las nubes. Hoy no lloverá, dice la abuela con los ojos en el cielo. No lloverá y comeremos en el jardín, seguramente será el último domingo que comamos fuera. Desde que terminó el verano he tenido que pasar muchos ratos mirando el mar y las sandías de Frida Kahlo para entender que es inútil la rabia, que está de más arañar la vida y escupirle reproches al mundo porque nunca nadie me advirtió de lo difícil que sería asimilar la decadencia, aprender a convivir con las paredes torcidas, con los espejos agrietados y los cipreses secos sin que las astillas de la pena hiciesen estragos en las entrañas. Hay nubes blancas y nubes grises y algunos trozos de algodón deshilachado de color malva, pero no lloverá, al menos hasta la noche. El humo de los cigarros también se confunde con el de la hoguera, si sigue subiendo acabará por confundirse con las estelas y los cúmulos o estratos o nimbos o cualquiera de estos pedazos de felpa que cuelgan del cielo. Tampoco sirve de nada el rencor ni las nostalgias preventivas que convierten en recuerdo lo que no ha terminado de suceder aún.
miércoles, 18 de septiembre de 2013
Segur que no
L'altre dia van preguntar-me si només sabia escriure coses tristes i em va sortir de les entranyes un no desesperat. No, no. No?
Y
de inmediato, tras pronunciarlo –No–,
la duda y el vértigo me llenaron la boca de alquitrán. No, no. Que
no se haga rutina el dolor, que no arrele como un quiste la pena. Yo
también sabía escribir de ilusiones y de sueños y de sonrisas
rojas como cerezas. Y empecé a rebuscar textos del tiempo de los
deseos, de cuando me comía los vacíos con vocación de kamikaze sin
necesidad de cartografías. Busqué
por todos los cajones palabras-girasol para asegurarme de que sabía,
de que yo también sabía escribir ilusiones y alegrías
y labios con luz de faro. Pero las palabras llenas de polvo no sirven para desenquistar inviernos de acero. El único modo de gritar ese No tan sentido, de hacerlo real con su N y su O, es volver a conjugar el presente de los cometas, aquel jo somio un estel i somric mentre somio.
Així que torno a encendre la foguera de Sant Joan per cremar tots els malsons. I serro els barrots de les presons del desfici i somio. Un estel, un café, un far, un desig. Somio els seus ulls en un pis nou ple de llum. I m'omplo els pulmons respirant els somriures de l'àvia, les mans de l'amor, la brisa del mar i l'olor de tardor que desprèn el carrer quan es desfà la tempesta.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
