lunes, 28 de mayo de 2012

Las luciérnagas brillan en el jardín



Puntitos verdes entre la hierba que le dan un toque tecnicolor a la noche. Huele a jazmín y a madreselva, papá siempre cogía una de esas florecillas blancas y se la ponía en la oreja. Qué lejos quedan aquellos días. 

Los murciélagos vuelan con la misma torpeza de los pensamientos que trato de enterrar. Será eso, será que ha estallado la bomba final y que se han derrumbado todos los muros de casa. La rabia fue tanta pero tan breve que ni siquiera tuve tiempo de enfadarme y gritar. Como el éxodo de golondrinas negras de aquella canción de Sabina, vi aparecer el brazo oscuro de la Pena en el cielo. Me entró por los ojos y antes de parpadear ya la sentí clavada en el pecho, frío infernal. 

Me he quedado absorta entre tantas runas, piedras y piedras que exigen silencio. Las cenizas de la locura todavía desprenden hilos de humo y olor a miedo. Desde la tarde en que todo voló por los aires, vago por las calles con una separación de dedo entre el suelo y los pies. Para qué tocar la piel de este jodido mundo que en el momento menos pensado te escupe dos hostias con la sombra de mil perdones. 

Dónde habrá quedado la inocencia de aquellos días de luciérnagas y jazmín... Tiemblo sin darme cuenta, intentando evitar que el dolor cale demasiado adentro.  

miércoles, 14 de marzo de 2012

a medio pulmón

Lápiz nuevo, con goma arriba. La misma plaza de siempre, terraza, el sol a lo lejos. El tribunal de tiburones del soneto de ayer me acecha la memoria. Hace cinco meses que apenas llueve y la tierra se resiente tanto como mi piel. En este rincón de ciudad los sueños volaban de cabeza a cabeza, se enredaban en las ramas secas, se esparcían por el asfalto helado de un invierno que ya es nostalgia. Como siempre -también- arrastro la culpabilidad de lo negativo. Y compro lápices nuevos, busco palabras bonitas, una chaqueta hermética que repela el desdén, pero las depresiones ajenas calan profundo y hay una voz que me retumba por dentro sin dejar que me concentre como quisiera en la hipnosis de tu cuerpo. Echo de menos algún cachito de mí, aquel de los nocturnos al piano, de los ratitos de mar... ése yo que era capaz de sentarse al sol y fumar sin ansias.

domingo, 4 de marzo de 2012

hay cositas, tranquilas como el pan

Zumba dentro de mí el poema de las cositas de Salvador Dalí. Una rara mezcla de surrealismo y absurdo extiende sus inmensos brazos sobre mi cuerpo. Tras la oscuridad, vacío. Y en el vacío de una voz, de un sueño -qué enrome vacío el de un sueño-, de una taza sin café, se desvanece como espuma el tiempo. Pasan los días a la velocidad de la luz, ¿dónde quedó el espacio para sentir? Y las ganas, en qué punto del camino se perderían las ganas... De gritar, de leer, de lanzar pintura rosa contra la Bolsa y echar risas locas los sábados a las mil. Rabia contra el sistema y un cigarro detrás de otro. Sáciese a porrazos, señor policía, que la rabia seguirá intacta y en el telediario solo darán epítetos para idiotas. Se ve que las victorias del Barça son motivo suficiente para que el mundo duerma con absoluta tranquilidad. ¿Sabe?, mañana será martes y no estaremos igual, ni siquiera seremos los mismos, bendito consuelo. Los pequeños sortilegios, los pequeños sortilegios, los pequeños sortilegios... ¿Sabe?, mañana quizás vuelvan, cositas muy pequeñitas colocadas ahí arriba en un rincón. De hecho, seguro que ya están ahí, tan solo tengo que abrir los ojos y enfocar la mirada un poco mejor. Los pequeños sortilegios pican.

domingo, 25 de diciembre de 2011

sin cimientos fuertes la estructura es frágil


Les butxaques plenes de sorra molla i el retall del teu somriure cosit al folre de la jaqueta. Què vols que faci, si els brots d'enyor creixen sense que els regui, si s'escolen ànima endins i em tenyeixen els ulls d'un verd grisós que parla més que les paraules. Les postes de sol són massa maques per quedar-se indiferent, es fonen els dies deixant un cel tan rogent que fa mal de veure.

lunes, 12 de diciembre de 2011

viajes fugaces a estrellas diminutas

Té con leche y canela, las cinco de la mañana, no debe faltar mucho para que amanezca. Sólo el insomnio es capaz de acomodarse entre la escarcha metálica de las sábanas. Plutón queda demasiado lejos y demasiado helado como para servir por enésima vez de refugio. Que amaine este frío, por dios. Que vuelvan las noches de sueño y la lluvia, que vuelva la lluvia y el cielo sangre de las tormentas premeditadas.

- Sal a volar, te comerás el mundo.

- ¿Y si me come él a mí? -te pregunté, pero tú ya te habías ido. Seguías allí, tu cuerpo, tu cara, tus manos agarrando sin fuerza las solapas de mi abrigo, sin embargo ya no estabas, tus ojos hablaban por ti y solo me escupían años luz a la cara.

No es hambre lo que tenía, sino sed, sed de mundo y las ansias enfermizas de una libertad que ni siquiera existe como concepto consolidado en mi cajón de ideas, un vacío de límites sin trazar. Que vuelva la lluvia y la belleza negligente del mar revuelto, de los árboles despeinados y del viento sin radar.

viernes, 2 de diciembre de 2011

recuerda: se necesita muy poquito aire para respirar

El frío parece estar pegado a las piedras de las paredes. A saber cuántos años lleva pegado allí, es un frío denso y viejo, un frío de plomo cargado de inviernos, cuántos inviernos y cuántas historias deben haberse escondido tras estas paredes. Estaba apoyada en la balaustrada del segundo piso y acababa de liarme un cigarro que todavía no me había decidido a encender. Me quedé absorta mirando las ramas del inmenso árbol del patio de letras, es tan grande y con tantas hojas que apenas deja entrar la luz débil del sol perezoso de este, nuestro, invierno. Lejos de agobiarme, tanto verde es un pequeño refugio, el único motivo por el que seguían entrándome hebras de oxígeno a los pulmones. El verde y la imagen de tus dedos con esa cadencia tan sutil que tienen de acariciar los cigarros instantes antes de darles fuego. Le di una calada al mío casi sin darme cuenta, miraba hacia abajo sin fijarme en nada, gente cruzando el claustro, los peces en el estanque y los naranjos dormidos. Qué bonito y qué frío es este lugar. Miraba sin mirar. La ansiedad no venía por el examen que tenía en veinte minutos, sino por alguna que otra represalia del subconsciente, pero los entramados que la sostienen son de tal complejidad que ponerse a indagar de dónde vienen y hacia adónde van los hilos es como intentar descifrar los laberintos subterráneos de las hormigas. Pronto se irá, me iba diciendo, pronto se irá, pero sin querer, de tanto dejar divagar las ideas a sus anchas, tiré de alguno de esos hilos malditos y el ovillo de angustia que me comprimía el pecho se revolvió un poco más enredaderas trenzándose tráquea arriba hasta anudarse en la garganta, mala hierba que tiene que arrancarse de raíz, pero dónde narices echará las raíces este existencialismo, en qué remoto rincón del caos nacerán las semillas de este puñado de interrogantes inconformistas que rara vez encajan con la lógica interna de mis respuestas. Y de repente apareció el vértigo otra vez con sus jodidas tentaciones de vacío. El pensamiento enmarañado entre las ramas del árbol y una única imagen en la cabeza, un eco convertido en quiste, salta, salta, ¿y si saltas?, salta, pruébalo, un, dos, tres, ¿no te atreves?, es un empujoncito, un clic, salta, ¿no tienes curiosidad por saber qué pasaría? No lo escuches, oídos sordos, cierra los ojos, pronto se irá, o mejor ábrelos, bien abiertos y que entre el verde. Verde y aire, respira y recuerda: se necesita muy poquito aire para respirar.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

con el desierto de la Nada cosido a los pies

Bordear la pregunta es ceder al peligro. ¿Quién está hablando? ¿Desde dónde? Se diría que desde una boca tan pegada a nuestra piel que el mismo aliento entrecortado ahoga las palabras que pronuncia. Pero también desde lejos, y esa mezcla de lejos y cerca mete droga en la sangre. Ecos que trastornan y excitan, que en vano se procuran ahuyentar, dime más, no oigo bien, ¿quién eres?, ven más cerca. Lo raro es vivir, Carmen Martín Gaite

La profesora de los ojos tan azules que parecen grises nos explicó que los esquimales son capaces de distinguir muchísimas tonalidades de blanco. Me vino a la cabeza Groenlandia, frío y silencio: de repente me vi vestida de esquimal en un desierto blanco-ausencia y sentí el blanco-soledad escarcharse sobre la piel. Si no deja de llover, pensé, pronto podremos hacer un inventario de lluvias.

Hay un momento en que la verdad se vuelve mentira, un instante que distingue el antes del después, lo real y lo soñado. Es un horizonte, una línea imaginaria que intenta establecer departamentos dentro del inmenso cajón de sastre del vivir. Como una especie de compás para trazar límites entre opuestos, entre las distintas existencias y las distintas percepciones de la realidad, de ésta realidad o de aquélla que empieza unos pocos centímetros más allá.

Recuerdo que una vez, de pequeña, me sentí frustrada por no saber distinguir un dolor de cabeza de un mareo. Estaba enferma y mi madre me preguntaba y yo no sabía contestar. No recordaba haberme mareado antes ni que nadie me hubiese explicado en qué consistía la sensación. Con el tiempo aprendí que eran las vueltas que da la cabeza cuando lees en el coche o subes a los barcos. No hace tanto, hasta descubrí que es parecido a eso que llaman vértigo.

Esa frustración, ese no saber etiquetar realidades con palabras, es similar a encontrarse perdido ante la infinita blancura (blanco-vacío) de la Antártida. Y esa llanura de hielo no es más que la finita línia descrita por el compás de los contornos, la delgadez del horizonte ampliada a desierto. Es como estar atrapado en el limbo de la ambigüedad, en aquel espacio de tiempo tan breve que apenas llega a existir, el respiro efímero que se toman las secunderas del reloj entre latido y latido.

Blanco-aséptico, todo es relativo. Al principio parpadeo y siento cierta tranquilidad, como si cesara por un momento el zumbido de las explicaciones, qué más dará si esto es tristeza o soledad, cuánto sosiego ante tanto blanco. Pero de pronto aparece el agujero, el bucle que absorbe la respiración y exige respuestas: ¡define los matices! ¡Define los matices de esta Nada colosal, de este caos desvanecido! Algo por dentro que murmura a todas horas, dime qué sientes, di, no te calles, dímelo. Y entonces las apacibles dunas del silencio se vuelven un pedregoso vericueto de absurdos, blanco-ansiedad, aquí no hay un sólo punto firme donde amarrar la punta del maldito compás. Ni lejos, ni cerca, ni ayer, ni jamás.