lunes, 6 de octubre de 2014

infinito

He llegado a contar seis aviones haciendo cola para tocar tierra, no recuerdo haber contado nunca tantos a la vez. Dibujan una especie de línea parabólica en el cielo que debe de tender a algo parecido al infinito. Soy incapaz de imaginarme el infinito y me indigna un poco mi incapacidad. Me enfada, porque en vez de infinito mi estúpido pensamiento racional me permite imaginar que coges el cuchillo de cocina y me degollas mientras miro la peli del domingo tarde en el sofá. Querría infinito y no esta imagen enfermiza y absurda que me viene a la cabeza cuando clavo la mirada en la nítida oscuridad de una noche limpia. Podrían ser luciérnagas, estrellas o hasta ojos de gato como los tuyos, pero son aviones que vienen de algún lugar; da igual de dónde, todos hacen la misma cola para aterrizar en el mismo suelo, éste sobre el que imagino que vas a convertirme en cadáver. También yo soñé que mataba y no he sabido con qué cara seguir viviendo. Dicen que no es raro pensar este tipo de cosas, no sé. Por si acaso, procuro no decirlo muy alto para que nadie se asuste. Yo sería la primera en salir corriendo si alguien me confiase sus pensamientos asesinos. Y en ofenderme, quizás, si la persona a la que más quiero me tomase por un sádico criminal. Aterriza uno y aparece otro nuevo en la cola, a saber de qué lugar vendrá. Los miro como terapia: embarco en ellos mis peores pesadillas y sueño que despegan hacia algún agujero negro que se los traga. Semejante bobada me proporciona algo de tranquilidad. Aunque, de veras, preferiría vaciarme de todo el cráneo para que cupiese el infinito.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

anticiclón



será como un anticiclón
la pura realidad que nos atrapa


Han aparecido juntos en el buzón, Lorca desde Madrid y Pessoa desde Lisboa. Las postales son pedacitos de viajes que no he hecho, pero como si. Quizás ellos -Lorca y Pessoa- tengan la convicción suficiente para hacer estallar de una vez la tormenta. Está ahí desde hace días aunque no cae. Cada día a esta hora las nubes negras. Y el desasosiego de esperarla, de saber que está acechando y que de un momento a otro caerá, porque nos han enseñado que así funcionan las cosas. Pero no estalla y da rabia -siempre da rabia aguardar algo que después no sucede-. Por lo menos, suenan sin parar canciones nuevas que me tientan a coger el coche y a conducir lejos. A subir el volumen y acelerar, las ventanas abiertas, el viento, la música, el mar, una de esas carreteras que llevan al faro. Si cierro los ojos todavía puedo volver a recorrer la ciudad de las esquinas y el abandono dentro de ese Golf azul eléctrico con casetes de años ha. Las canciones también quieren viajar y yo las dejo que me tienten. De aquí a Bilbao, de aquí a Oslo, de aquí a Plutón, donde queráis. Sólo sonad -les digo- mientras acelero hacia la tormenta para que reviente el cielo. Si te digo la verdad, la sed de lluvia de hace unos días venía de las ganas de regodearme en la nostalgia, pero después de tanta espera, lo que me apetece ahora es que caiga tan fuerte el chaparrón que el ruido del agua sobre la chapa del coche lo ensordezca todo. Pessoa me mira bajo su sombrero como queriendo decir "qué sabrás tú de chuvas" y le contesto que nada. "Nada", aunque sólo para que no se ofenda, porque bien tiene que saber él que muchos libros también son pedazos de vida que no has vivido, pero como si.  

sábado, 30 de agosto de 2014

comeré cebolla cruda con una copa de vino

Abro la despensa. Arroz no, ni pasta. ¿Ensalada de tomate con atún? El corazón le late lento. En los cinco pasos que van de la despensa al armario de las verduras me he olvidado de lo que busco. Le late lento el corazón. No era berenjena, calabacín tampoco, ni cebolla, aunque ya tengo una en las manos, tal vez me sirva para hacer algo. Los tomates, eso es, pero aquí no están. Da igual, comeré otra cosa, pensándolo mejor, no me apetece otra vez ensalada. Abro la nevera: hay las sobras de la barbacoa de anoche, un tupper diminuto con medio pimiento verde, los macarrones del martes, un trozo de tortilla que se está ganando la inmortalidad. Me balanceo apoyada en la puerta, también hay una botella de vino abierto, olivas. El médico lo dijo con uno de esos nombres que suenan a extraterrestre, que el corazón le late lento y las pulsaciones son muy flojitas (bum... ... ... ... bum), pero ella no tiene ganas de irse. Está muy cansada pero no quiere irse aún, me lo dijo el otro día mientras le preparaba la merienda. Podría calentar la butifarra en el horno, pero ya he cerrado la nevera, no tengo hambre. Me he sentado a fumar en el jardín, las ramas del granado han crecido más que nunca este verano. Debe de ser muy jodido sentir que la vida se te va acabando sin tener ganas de despedirte todavía. Llámalo dramatismo barato, si quieres, pero la muerte es ley universal y tan ridículo es jugar a creernos eternos como estar aquí sentada con una cebolla en las manos, pensando que quizás si la despellejo seré capaz de llorar todos los dolores viejos. Y puede que hasta alguno nuevo. 

martes, 26 de agosto de 2014

Stendhal


Y ahora comprendo que era verdad: en aquella estación comenzaba un viaje. Y lo comprendo ahora que siento que termina; aquí, en este instante, sentada en este bordillo frente al mar, una inmensidad azul que no, no es la misma que la de los demás veranos.

Hay hilos que lo conectan todo. No es fácil saber cuándo empiezan y acaban las cosas. De hecho, es muy posible que todos los orígenes sean inciertos y que ni siquiera existan los finales, que como la energía o aquella canción de Drexler, todo se transforme. Pero ahora que me veo -que me siento- aquí, con los pies colgando en el acantilado, me doy cuenta de que éste es el destino de un viaje que arrancó en el andén de un invierno de hace ya diez años -y cómo asusta esto de poder contar los años a puñados y tener recuerdos conscientes de tanto tiempo atrás-. Por aquel entonces, me creía una niña triste y estaba perdida. Tenía quince o dieciséis y apenas sabía nada de mí, salvo que soñaba con mares lejanos que ahogaban casi tanto como salvaban. 

Fue una tarde en esa estación cuando cayó en mis manos La Reina de las Nieves. El resto de la historia ya la conoces. ¿Que por qué te escribo? Porque aquí y ahora, sentada frente a este horizonte que tiende al infinito, he vuelto a sentirme Sila. Y he vuelto a sentirme igual de perdida que entonces, igual de pequeña, igual de idealista y con las mismas tentaciones de vacío, precisamente porque he llegado hasta los pies del faro que me ha traído hasta el lugar del que no volver. Comprendo, después de todo, que no hace falta ir a Nueva York para haber estado en Nueva York, y me doy cuenta de que cuando llegas, cuando pisas la gran ciudad, o -en su lugar- esta aldea diminuta de las costas gallegas, termina el viaje. Termina, claro, para volver a empezar: mientras dure la vida, sigamos con el cuento. 

Desde aquí, desde este mar nuevo. Por eso te escribo. Por el olor a salitre pegado a la ropa y la extraña eternidad que entra por los ojos. Por el azul y la calma, ese azul y esa calma que salvan -y tientan- tanto como ahogan. Por haber llegado y ya no saber -no querer- volver. 

viernes, 1 de agosto de 2014

que mata

Mira, dicen las fotografías, así es. Esto es lo que hace la guerra. Y aquello es lo que hace, también. La guerra rasga, desgarra. La guerra rompe, destripa. La guerra abrasa. La guerra desmembra. La guerra arruina. 

Susan Sontag

Cuando bombardeaban Barcelona, cuenta la abuela, todos los vecinos tenían que correr a esconderse cuerpo a tierra entre las patateras del campo. Desde allí, con el barro pegado a la ropa, las bombas parecían fuegos artificiales. Eran bonitas todas aquellas luces, dice la abuela, y lo dice con la misma naturalidad con la que años atrás desplumaba codornices o limpiaba las sardinas -les hincaba el dedo en la ranura de las branquias y les arrancaba la cabeza de cuajo, luego les hacía un corte con las tijeras en el vientre y les sacaba las tripas sin dejar de hablar: “eran como cometas”, decía-, cometas que caían del cielo sin que se pudiese sospechar que al día siguiente trozos de cuerpos colgarían de los cables de la luz. Porque la guerra mata, destruye, arruina, desgarra. La guerra es muerte y a pesar de ello la creamos, buscamos la maldita puta guerra en nombre de la paz. La buscan todos aquellos que se llenan la boca con palabras estúpidas y biensonantes, todos aquellos que empiezan por creer que son distintos y se merecen más. Claro, somos distintos... pero ¿dónde están los límites? Los demás oímos y asentimos. Creemos. Y hasta sentimos. Nos creemos y nos sentimos mejores y con derecho a más. ¿Y los límites? Pueden parecer fuegos artificiales pero son bombas, metralla que arruina y quema. Que mata. La abuela lo contaba mientras rallaba el tomate para el sofrito. Ahora es ella la que está sentada en el taburete y me mira cocinar. Por la radio, oímos las declaraciones de una diputada israelí proclamando que las madres palestinas deben morir para no seguir pariendo pequeñas serpientes terroristas. Hace un rato, sin embargo, el embajador israelí en Washington aseguraba con un convencimiento absoluto que "Israel merece el Nobel de la Paz". Matar por y para la paz, como si fuese veneno la sangre del que nos empeñamos en que sea nuestro enemigo. ¿Dónde está el límite? En el aire y desde lejos, un proyectil puede ser un cometa. Desde cerca, huele a odio. A podredumbre. A rabia. A asco. A miseria. A manipulación. Y mata. Nos quedamos mirando la una a la otra y me pregunta: "¿hasta qué punto los humanos somos capaces de justificar la guerra?" 

miércoles, 9 de julio de 2014

verde pistacho

...y, sin embargo, no podía gritarle que me salvara. ¿Entonces? Yo sólo sabía que no puede nombrarse lo que no existe. Y nada existía: sólo una certeza resbaladiza como un caracol, un aceite que se escapaba entre los dedos y dejaba manchas.
La buena letra. Rafael Chirbes

Una mano fría me aprieta la garganta y no me deja respirar la vida.
El libro del desasosiego. Fernando Pessoa

Me han despertado las sacudidas del universo. Algo debe de estar pasando para que gruñan con tanta rabia los dioses y no deje de soplar este viento raro. No había luz y me he metido en la ducha a oscuras. Me he mirado la silueta de los pies desnudos y he cerrado los ojos para imaginarme debajo de la tormenta. Llevo días intentando prepararme para cuando vuelvan los cuchillos. Porque volverán, igual que se vuelve siempre al escenario del crimen. El mío, mi crimen particular, es verde. Verde pistacho, como el verde de los armarios de la habitación que dejó de ser refugio para volverse pozo. Creía haberlo olvidado pero es mentira. Para qué gastar más tiempo en engañarse: desde el preciso instante en que sentí el crujir de los huesos, supe que aquella brecha no se podría reparar, que era una herida invisible pero imborrable. Aunque preferí no confesar. Pensé que, quizás, si no puede nombrarse lo que no existe, no nombrar lo que había pasado podía ser una buena estrategia para hacerlo desaparecer. No tuve en cuenta que un secreto es un cadáver. Y que llegaría un día en que me faltarían fuerzas para arrastrar al muerto. Un pedacito de mí se quedó encallado en ese momento. Y ahora, después de los años, empiezo a acordarme del verde pistacho cuando preparo el café. Verde pistacho en el baño, verde pistacho en la cama, verde pistacho en cada rincón de casa. Verde el viento que se agarra a la garganta como esa mano fría que no deja respirar la vida. Supongo que por eso el cuerpo me pide los abrazos de la lluvia y el no-color de la oscuridad.

lunes, 7 de julio de 2014

intemperie



Empieza a clarear por el retrovisor. Enfrente, la carretera y la noche. Acelerar a conciencia para llegar a casa antes de que salga el sol. Suenan -y sueñan- los Pixies también a conciencia, las ventanas abiertas, el viento que no se cansa nunca de rabiar. Qué mejor momento para abrirse el pecho en canal y dejar que chirríen todos los gritos que llevas dentro, ahora que no hay nadie, que nadie te oye; para soltar la manada de Orlandos y que se rompan la voz contra los barrotes de la jaula, contra el ruido del mundo. Eh, dime, ¿quién crees que soy? ¿qué esperas de mí? Todo es muy raro, pero no pares. Acelera un poco más, que así parece que no vaya a terminarse jamás ni la canción ni la noche. Debe de ser esto la intemperie: sentir el viento, la rabia, los gritos, respirar y soñar, el deseo, la lluvia, el tiempo. La soledad, en un instante eterno, conduciendo a la deriva sin nada escrito en los zapatos.