Debe de ser algo así como un milagro subir al coche a las tantas, de vuelta a casa, y que en aquella radio en la que nunca suenan temas en catalán ‒y menos enteros‒ esté sonando aquella versión remota, cantada por aquella cantante medio desconocida, de aquella canción ya olvidada que siempre que oigo me resuena por dentro diciéndome tanto. Milagro también que mientras conduzco y la escucho ‒casi sin podérmelo creer‒ aparezca entre los pinos una luna inmensa y naranja y preciosa recostada como un gajo sobre el mar. La susurro como un mantra entre calada y calada, canción-consuelo, canción-refugio, mirando la luna y pensando en la noche, en los sueños, en el echar de menos y en los pequeños milagros inesperados que quizás no sé del todo apreciar porque una lógica absurda me hace creer que su existencia, su tener lugar, no da opción a que sucedan los milagros que sí ‒que tanto‒ espero: un simple mensaje de “tengo ganas de verte” o “yo también siento” ‒o “lo siento”, a estas alturas, ya qué más da‒. Quería lluvia y quería contigo y en lugar de eso tengo esta luna y esta canción. Dijo el hombre del tiempo que hace casi noventa días que no cae una gota. Habrá que resignarse a lo que hay. Tararear este pequeño milagro y conformarse con esto. Conformarse, con lo mal que se me da. Aunque puede que sea mucho más productivo que seguir inventándome conjuros para que se alineen los planetas en favor de mi deseo.
domingo, 31 de enero de 2016
miércoles, 13 de enero de 2016
manadas de bisontes
Acababa de caer el sol y en el cielo rojofucsianaranjado -y tantos matices más- las bandadas de nubes parecían elefantes pastando sobre el horizonte, bisontes emigrando hacia lo que quiera que haya al otro lado de esa línea infinita. No te lo creerás pero no miento. El mar tenía la tarde rebelde y soplaba tanto viento que casi no me tenía en pie. Durante unos segundos tuve la tentación de seguirlos, de ponerme piedras en los bolsillos y empezar a caminar a contracorriente para unirme a su manada. Luego pensé que el agua estaría helada y que con la poca fuerza que me queda no sería capaz de dar ni tres pasos antes de que las olas me escupiesen otra vez a la orilla, así que me quedé quieta mirándolos y encendí un cigarro. Me parecía un momento demasiado increíble para estarlo viviendo sola. Supongo que por eso creí, por unos instantes, en la posibilidad real de vivir del ojalá. Del ojalá que surja algún sueño que empezar a perseguir. Del ojalá un trabajo con un sueldo medio digno. Del ojalá una casa que sea nido y no grieta. Del ojalá tú, ojalá que vengas y ojalá besarte y ojalá sentir el aleteo de las luciérnagas. Ojalá el no-dolor y la no-tristeza. Sobre mi cabeza iban creciendo jirones de serpientes moradas mientras el cielo se apagaba y te aseguro que allí plantada, mirando el mar y los bisontes desdibujándose en la distancia, me sentí capaz de construirme un esqueleto de pronombres que sustituyan todo lo que no está -un lugar, un tú, un norte, un deseo-, un andamio de humo que me sostenga para poder dar un pequeño paso que llene de algo el vacío. Pero al cerrarse la noche volvió la ansiedad de la nada y no me quedó otra que meterme en el coche con el frío a cuestas y seguir conduciendo sin aire y sin ganas hacia ninguna parte.
domingo, 10 de enero de 2016
algo que vuela
Tener un corazón que late y un cuerpo que siente. Y ser eso, no más que eso, sentido y latir en el tiempo. O algo así, yo qué sé. Haría un poema pero los versos no son lo mío, aunque se me escapen las nostalgias por los descosidos de la piel y hacia dentro echen raíces los inviernos. La ausencia, el vacío: un pozo inmenso dentro del pecho con las paredes resbaladizas llenas de moho. Y el corazón que late y las heridas que sangran y la vida que sigue mientras alguno de mis yoes remotos pide sin pedir abrazos que calmen el frío, la sangre, la ausencia, que domestiquen la manada de latidos que tropieza sin rumbo en la caverna oscura de mi interior. Retumba el eco de la respiración en este muro circular que tiene de ventana allá lo lejos el cielo. No estaría mal salir, pero cómo. Cuál es la cuerda que me tengo que imaginar para trepar hasta el final. Llegar a ese azul lejano y volver a ser cometa: corazón que late, cuerpo que siente, pero también algo que vuela. Supongo que en algún lugar de mí deben de estar escondidos el impulso y las alas, aunque sea casi imposible encontrarlos a tientas desde el fondo del agujero. Por algo se empieza, supongo: palpándome las entrañas me ha parecido encontrar la pequeña ilusión de soñar.
lunes, 28 de diciembre de 2015
la navidad o los lenguados
miércoles, 16 de diciembre de 2015
limpieza
Tan sols ser un trosset
de mar és el que voldríem
o una gota de pluja.
Montserrat Abelló, «Estels
sense il·lusions»
Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.
Wislawa Szymborska, «Fin
y principio»
Y sí, después de
la guerra siempre tiene que haber alguien que limpie el campo de batalla.
Alguien que se deshaga del muerto, que borre la sangre, que barra los restos. Alguien
que vende la herida. Pero quién va a ordenar el desastre de mi cuerpo, si yo
sólo quiero dormirme lluvia y despertarme mañana mar.
martes, 8 de diciembre de 2015
mármol
Esta mañana ha venido el marmolista a casa para elegir la lápida de la abuela. Era un hombre simpático, traía el catálogo y la calculadora debajo del brazo. Mamá lo ha hecho sentarse en la mesa del comedor y la he dejado sola con él. Con los pelos de recién levantada y la resaca de anoche no me sentía muy capaz de opinar. Me he puesto a desayunar en el rincón de la cocina que siempre es refugio y al segundo o tercer sorbo de café ha llegado en torrente el caudal de recuerdos. Oía sin oír la conversación de mamá con el señor y de repente me he acordado de la abuela en el sofá de flores haciendo sopas de letras ‒¿querrán el nombre entero del difunto o sólo los apellidos de la familia?‒, la abuela con los rulos leyendo el Pronto ‒¿el color del mármol?‒, la abuela bajando la cuesta que llevaba a la plaza ‒el blanc és bonic, no trobes, filla?‒, la abuela comprando cruasanes a escondidas, no li diguis a ta mare, nena, total, si morir-nos ens hem de morir igual, la abuela con el delantal de cuadros cortando pan duro sobre la encimera ‒blanco con una cruz, sí, con una cruz pero sencillo, sin floripondios‒, la abuela enfilando la calle del cementerio con el limpiacristales en el bolso y algunos trapos para limpiar la tumba del abuelo José ‒¿el nombre de la mujer?, es muy importante que esté bien escrito, l’accent va obert, oi filla?‒, la abuela por todas partes estos días que ya no está. Dijo que no se moriría hasta ser bisabuela y le faltó un día, unas cuantas horas para conocer a esta niña de agua que han traído las olas del mar. La muerte y la vida mordiéndose la cola. Todo es tan raro… Una lápida bonita pero sencilla, los ojos chiquitos que se abren por primera vez a la luz. Y yo en este rincón, intentando asimilar que el blanco y el negro son la cara y la cruz de una misma moneda, entre sorbo y sorbo de un café que no sé ni si me apetece, el todo y la nada ‒t’agrada aquesta làpida?‒, un café que me tomo por tomar, por eso de que somos animales de costumbres, que se diluye en la boca con el sabor de las tostadas con aceite y sal ‒la abuela comiendo pa amb oli con un trapo de cocina en la falda‒ y que baja luego por la garganta mezclándose con todo esto que me corre por dentro, el vacío de la ausencia, los trocitos de palabras que no sé decir, la alegría infinita de una vida nueva que empieza, la tristeza que me tuerce las sonrisas sin querer, la inseguridad, el no saber qué hacer ni adónde ir, las ganas de estar bien pero a la vez tanto cansancio… Y la voz de mamá de fondo, titubeando, nerviosa ‒estàs aquí, filla?‒, la voz de mamá pidiéndome opinión ahora que tengo tan torpes los sentidos. És maco el marbre blanc, eh que sí? Mármol blanco para grabar su nombre, sí, está bien escrito, el nombre y la fecha, sí, mamá buscándome la mirada mientras los dedos del hombre simpático hacen números en la calculadora para redondear ‒como si lo tuviese‒ el precio del recuerdo.
viernes, 4 de diciembre de 2015
vivir
Elegir el mar para ahogar los ojos y apaciguar la ansiedad de querer algún vértigo que no deje sentir el escocer de la herida. El mar, para que su fuerza eche abajo el muro del miedo a romperme. Dejar que me acune, que me trague su vaivén. Y allí al fondo gritar todo lo que duele. Llorar, pero llorar bonito. Porque la mujer faro que nos enseñó a querer siempre la vida no se merece una sola mancha de pena. Llorar bonito y salir a flote. Vivir -el mejor homenaje, la mejor despedida-.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)