Morir. Lo pronunciaba sin miedo, como quien dice
comer o saltar, pero era morir, con todas sus letras. Lo dejaba caer tan tranquila, mientras mojaba la ensaimada en el café o hacíamos cola en la
pescadería para que nos limpiasen los boquerones. “Ahora, cuando me muera, no te olvides de que quedan más ricos si los rebozas con maicena que con harina normal”. Lo decía de tal
manera que por un momento me hacía dudar si era más trascendente el boquerón
que su existencia. Cuando asimilaba lo que acababa de oír me flojeaban las
rodillas y tenía que buscar amarres para mantenerme derecha. A ella no le
temblaba la voz. Morir, sin más. Dejar de existir. “Y me quemáis, que no quiero
que nadie tenga que venir al cementerio por pena.” Quería desaparecer,
y yo me lo repetía por dentro para acostumbrarme –morir–, para que no
doliese como un disparo cuando salía de su boca –morir, morir, morir–. Pero morir es una palabra densa, un verbo de
acero cargado con la metralla de la incomprensión. Nos han enseñado a que duela y a
que pese y a que asuste, pero a ella no le intimidaba, “pronto me iré”, decía, y me iba enseñando a planchar las mangas de la camisa, a escoger alcachofas
tiernas, a desatascar el váter con salfumán.
lunes, 20 de enero de 2014
martes, 7 de enero de 2014
vaho
"Pies para qué los quiero
si tengo alas pa' volar."
Frida Kahlo, Diario
Las raíces del tiempo resquebrajan la pared.
Grietas, ramas, rayos, venas. Leer a Frida es que duelan las venas y crezcan
las alas. Se me nublan las gafas con el vaho del té y mientras se desempañan los
cristales pienso en lo horrible que estoy con estas pintas de domingo sin ganas.
K siempre decía que quería enamorarse al bajar a comprar el pan en bata, con ojeras
y legañas. Seguro que sería el preludio de algo bonito, como también lo sería
que volviese la lluvia que te arrimaba a mí bajo las cornisas. Pero este año los
magos de Oriente han decidido proveerme de paraguas a prueba de viento. Supongo
que algo debe de estar cambiando ahora que ya me da igual tomarme los cafés en
vaso que en taza y estoy aprendiendo a masticar con parsimonia de dromedario la
paja mojada de la desidia. Me miro las manos a través de los cristales ya despejados:
si son pequeñas para tocar a Bethoveen quizás tampoco me sirvan para ir por la
vida a tientas. Qué horror. Podrían crecerme los dedos como ramas –raíces,
alambres, alas–, hilos de madera seca que palpen el vacío. Me acerco la taza a
la boca y vuelve la niebla. Será verdad que algo está cambiando si estamos en
invierno y me he quitado las corazas, si hace un rato han venido a rendirme
cuentas todos los Nadies que vestí de ti y me han pillado en bragas, así de fea,
leyendo a Frida y memorizando las grietas de estas paredes que cada vez son
menos refugio, menos casa, menos mías.
martes, 31 de diciembre de 2013
chinchín
Volveré a salir corriendo de casa para perseguir el último sol del año. Abriré los ojos y la boca y los brazos y las piernas, me abriré entera para que entre la luz hasta el fondo. Luego iré a tomarme el último café en cualquier terraza con estufas, el humo del tabaco se mezclará con el vaho helado que me saldrá por la boca y hundiré la cabeza dentro de la bufanda para respirar. Apartaré el cenicero y la taza y extenderé sobre la mesa el mapa mudo de este nuevo tiempo que empieza. Lo miraré hasta que se me acaben los cigarros y me quede sin café. Mapa mudo el de mi cuerpo, mapa mudo el de mi vida, mapa infinito por descubrir. Me miraré al espejo y pronunciaré mi nombre. Y volveré a poner la brújula sobre la mano abierta y seguiré sin saber hacia dónde ir, pero no importa. No importa porque esta noche, cuando suenen las campanas, brindaré con toda mi ilusión por un único deseo: que nada ni nadie nos quite las ganas de reír. ¡Chinchín!
sábado, 28 de diciembre de 2013
té rojo
He corrido como una
idiota para no perderme el atardecer. Estaba fregando los platos y de repente,
al mirar por la ventana, he sentido la necesidad suprema de bajar a la playa a
cargar las retinas de luz. Cuando he llegado el sol ya no estaba, pero el cielo
tenía color de té rojo y el mar seguía tan despeinado como yo. Me he acordado
de la conversación de la otra noche, cuando me decías –con la
enésima copa de vino– que somos viscerales y que nos queremos a gritos. Y los
gritos y el querer me han traído a la memoria todas las cosas rojas de estos
últimos tiempos –las venas deshilachadas, los labios hipnóticos, la hoguera, el
miedo, la rabia, el vino, los frenos, la risa–. Me huelen las manos a Mistol,
me he dejado la chaqueta en casa y no sé plegar los paraguas. Som viscerals
però ens estimem, me decías entre turrones, y también hablábamos de la
inexistencia de las razas y de la obertura de las Valquirias y del instinto de
supervivencia de la langosta que nos comeremos mañana con el arroz. Arreglábamos
el mundo y aprendíamos a querernos con nuestras torpezas de Bridget Jones y
nuestras espinas de erizo –con todo y a pesar de todo–. Me he quedado mucho
rato pensando y se ha hecho oscuro sin darme cuenta, estaba tan concentrada en la luz que ni siquiera me he dado cuenta del frío. Oigo el castañetear de los dientes y me quedo mirando la lumbre del cigarro a punto de consumirse. Este 2013 ha sido un año muy rojo.
viernes, 20 de diciembre de 2013
i quedar lliure de tot
«(...) I penso entrar en la nit i
quedar lliure
de la nit. I penso entrar en la por i quedar
lliure
de la por. Entrar
en tu i quedar lliure de tu. Faig
veure que entenc el que no entenc i que
desitjo
el que en realitat no desitjo. Massa
nit,
massa por, massa tu. I quedar lliure de
tot.»
Gemma Gorga, "Entrar en la nit" (El desordre de les mans)
Ha empezado a llover a media mañana. Ahora se acaban de encender las farolas y se me está mojando la libreta con las gotas que traspasan el toldo de la terraza. Me he quedado en stand-by intentando distinguir el ruido de las que caen sobre el asfalto y las que se deslizan sobre este paraguas gigante, se mezcla la lluvia con la canción que suena de fondo y se hace tan ingrávido todo que por un momento no tengo claro si existo. He enganchado en la solapa de la chaqueta el pin que me han regalado los niños: estimar no fa mal, como tampoco tendría que doler pensar o elegir o soñar, pero qué difícil es explicar que a veces la vida se empeña en correr por las venas con densidad de mercurio. Hay días en que uno se siente más imbécil de lo normal; y aun así hay que salir a la calle e ir a trabajar, y coger el tren y tomar el café en el bar y contestar a los qué tal de turno con un bien rancio y cortés que no dé lugar a sospechas. Vestirse de normalidad y hacer ver que la lluvia no traspasa la piel, abrocharse el abrigo hasta arriba, enredarse la bufanda en el cuello y guardar la inseguridad en el bolso, entre las mil y una cosas inútiles que se llevan siempre encima –me olvidaré la cartera pero tendré un cascabel, me dejaré las llaves en todas partes pero no me faltará jamás el tapón suelto de un boli, la chapa de la cerveza que nos tomamos en Formentera–. Se me encoge la letra mientras voy escribiendo y no para de llover. Si no se hubiese estropeado la letra "p" del teclado del móvil, te habría mandado un Plou lleno de ilusión. Meto la mano en el bolso y encuentro mi piedra, la agarro, fuerte, y le doy el último trago al café intentando convencerme de que no soy tan imbécil. Para disimular la torpeza he pensado que será mejor no abrir el paraguas y entrar en la lluvia. Entrar en el vértigo. Entrar en la vida.
miércoles, 18 de diciembre de 2013
estrategias de fuga
Cuando he abierto
la ventana y he visto que habían cortado las ramas del granado he sentido como
si me hubiesen podado también las venas. Me he puesto delante del espejo y no
he sabido con qué ojos mirarme. Ojalá estuviese aquí aquella profesora de
arquitectura que me quitaba el bloc de las manos para corregir las líneas
torcidas. Ojalá apareciese por detrás con sus ganas de enseñar y dibujase un punto
que rompiese el blanco del papel, una diminuta mancha de carboncillo que
sirviese de amarre para empezar a trazar estrategias de fuga. Cualquier impulso que deshaga la apatía y
acabe con el desdén. Es martes y podría ser miércoles si arrancase esta página
de la agenda. También podrían ser las siete si borrase algunos números del
reloj, y hasta podrías estar aquí si me arriesgase a decirte ven, si
llenase las dos columnas de esta lista para saber qué quiero. Me miro sin verme
y pienso que tendré que elegir una chaqueta nueva, un peinado nuevo, unos ojos,
una casa, un destino, un sueño. Tendré que elegir si echar a correr o plantar raíces en
este suelo, si sentarme en las terrazas a pesar del invierno o mejor buscar
estufas que apaguen el miedo. Pero necesito impulso para empezar a moverme, un
pequeño empujón, algo que me ayude a decidir entre quemar las ganas o descifrar el deseo.
sábado, 14 de diciembre de 2013
soñar, sonar, sanar
«Apreté la tecla donde estaba escrita la palabra “amargo”
–yo siempre tomo el café con azúcar, pero a ratos una palabra nos salva con su
rotundidad, en su R rugiente
delegamos la rabia, a través de su O
conjuramos las bocas de aquellos pozos en donde pudimos haber caído.»
Belén Gopegui, La
escala de los mapas
Durante mucho tiempo coincidí con
una mujer en el autobús que se pensaba que yo tenía una extraña intuición
porque sabía el momento exacto en que el L94 iba a girar la esquina. El día que
le confesé que en realidad no era intuición, sino que veía venir el bus en el reflejo
del escaparate de la tienda de enfrente, me dijo que se le había roto un poco
la magia y que, desde entonces, ya no me vería como alguien especial sino
simplemente como una persona observadora. Un mago no puede desvelar sus trucos,
susurró para despedirse. Y en efecto, tenía razón: revelar los secretos es
aniquilar el misterio, deshilachar los alambres invisibles de la fascinación.
Sueña –quería escribir “suena” pero me ha salido sin querer “sueña” y he
pensado que no está tan mal soñar está canción que se cuela hacia adentro por
todas las rendijas del cuerpo excepto por los oídos– la misma música de siempre
y sigo siendo torpe para bailar, aunque la desidia de estos días sea resbaladiza y mis pies no sepan
qué baldosas pisar para ir avanzando. He puesto la brújula sobre la mano abierta y no me ha
señalado ningún refugio. Han vuelto las horas de mar y los cigarros de más, una
calada detrás de otra mientras la vida trata de hacerme entender que va llegando la hora de que me exponga a la intemperie. Que salga a vivir al raso y deje de hacer el imbécil buscando guaridas en las tildes de las eñes de este verbo tan parecido a sonar. Mirar, morar. Como ve, una simple vocal puede trastocar la vida de un hombre. Doy vueltas al contorno de la O como un funambulista. Qué fácil es aguantar el equilibrio con Coldplay de fondo encendiendo cometas –que no hay que llegar a tocar, para que se mantenga intacto el misterio–.
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