martes, 8 de diciembre de 2015

mármol


Esta mañana ha venido el marmolista a casa para elegir la lápida de la abuela. Era un hombre simpático, traía el catálogo y la calculadora debajo del brazo. Mamá lo ha hecho sentarse en la mesa del comedor y la he dejado sola con él. Con los pelos de recién levantada y la resaca de anoche no me sentía muy capaz de opinar. Me he puesto a desayunar en el rincón de la cocina que siempre es refugio y al segundo o tercer sorbo de café ha llegado en torrente el caudal de recuerdos. Oía sin oír la conversación de mamá con el señor y de repente me he acordado de la abuela en el sofá de flores haciendo sopas de letras ‒¿querrán el nombre entero del difunto o sólo los apellidos de la familia?‒, la abuela con los rulos leyendo el Pronto ‒¿el color del mármol?‒, la abuela bajando la cuesta que llevaba a la plaza ‒el blanc és bonic, no trobes, filla?‒, la abuela comprando cruasanes a escondidas, no li diguis a ta mare, nena, total, si morir-nos ens hem de morir igual, la abuela con el delantal de cuadros cortando pan duro sobre la encimera ‒blanco con una cruz, sí, con una cruz pero sencillo, sin floripondios‒, la abuela enfilando la calle del cementerio con el limpiacristales en el bolso y algunos trapos para limpiar la tumba del abuelo José ‒¿el nombre de la mujer?, es muy importante que esté bien escrito, l’accent va obert, oi filla?‒, la abuela por todas partes estos días que ya no está. Dijo que no se moriría hasta ser bisabuela y le faltó un día, unas cuantas horas para conocer a esta niña de agua que han traído las olas del mar. La muerte y la vida mordiéndose la cola. Todo es tan raro… Una lápida bonita pero sencilla, los ojos chiquitos que se abren por primera vez a la luz. Y yo en este rincón, intentando asimilar que el blanco y el negro son la cara y la cruz de una misma moneda, entre sorbo y sorbo de un café que no sé ni si me apetece, el todo y la nada ‒t’agrada aquesta làpida?‒, un café que me tomo por tomar, por eso de que somos animales de costumbres, que se diluye en la boca con el sabor de las tostadas con aceite y sal ‒la abuela comiendo pa amb oli con un trapo de cocina en la falda‒ y que baja luego por la garganta mezclándose con todo esto que me corre por dentro, el vacío de la ausencia, los trocitos de palabras que no sé decir, la alegría infinita de una vida nueva que empieza, la tristeza que me tuerce las sonrisas sin querer, la inseguridad, el no saber qué hacer ni adónde ir, las ganas de estar bien pero a la vez tanto cansancio… Y la voz de mamá de fondo, titubeando, nerviosa ‒estàs aquí, filla?‒, la voz de mamá pidiéndome opinión ahora que tengo tan torpes los sentidos. És maco el marbre blanc, eh que sí? Mármol blanco para grabar su nombre, sí, está bien escrito, el nombre y la fecha, sí, mamá buscándome la mirada mientras los dedos del hombre simpático hacen números en la calculadora para redondear ‒como si lo tuviese‒ el precio del recuerdo.  

viernes, 4 de diciembre de 2015

vivir

Elegir el mar para ahogar los ojos y apaciguar la ansiedad de querer algún vértigo que no deje sentir el escocer de la herida. El mar, para que su fuerza eche abajo el muro del miedo a romperme. Dejar que me acune, que me trague su vaivén. Y allí al fondo gritar todo lo que duele. Llorar, pero llorar bonito. Porque la mujer faro que nos enseñó a querer siempre la vida no se merece una sola mancha de pena. Llorar bonito y salir a flote. Vivir -el mejor homenaje, la mejor despedida-. 

viernes, 27 de noviembre de 2015

monstruos


Cavar un agujero en la tierra, meterme dentro, desaparecer. Dejar de sentir este dolor clavado en el pecho que no deja respirar la vida. Esta puta vida injusta que causa tanto dolor. Respirarla, para qué. De verdad, para qué. De qué sirve seguir respirando si parece que no llega nunca la tregua, si hay tantas cosas que duelen que ya no sé ni dónde guardar los atisbos de luz para que no se los trague el agujero negro de las heridas abiertas. Qué diablos debe de ser esto que nos impulsa a seguir viviendo cuando sólo tienes ganas de llorar y de romperlo todo. Todo. Cavar un agujero, desaparecer. Querer patalear y gritar y morder y reventar. Pero notar que la sangre sigue recorriendo inevitablemente las venas y sentir el miedo abismal a la muerte. ¿Será real o infundado? Nunca lo sabremos.

Mañana saldrá el sol y seguiré igual de rota por dentro. Lloraré, quizás con menos rabia, pero lloraré. Y me pondré cualquier excusa barata para conseguir salir de la cama mientras la piel siga pidiéndome abrazos que luego no sabrá ni cómo asimilar. El ruido del mar, un poco de vino. Y el cuerpo que parece que no tiene fuerzas para dar un paso -pero el miedo a la muerte-. No, a la muerte no: lo que aterra de verdad es la decadencia. El quedarte sin hablar, sin andar, sin reflejos, sin ganas, sin aliento. Eso es, el quedarte sin aliento pero que el corazón siga latiendo. Y otra vez la retahíla de interrogantes: para qué, joder, qué sentido tiene estar aquí, tomar pastillas para alargar una vida que en su idioma parece que está diciendo basta. El sueño de la razón produce monstruos, qué sabio Goya. Sobrevuelan todos a mi alrededor: cuervos, búhos, vértigo, muerte. Cuánta ansiedad y qué poco aire -poco, recuerda, se necesita muy poco para respirar-. Maldita sea, qué tendrá este mundo para seguir manteniéndonos vivos a pesar de todo. Qué, ¡qué! ¿Será sólo el terror infundado a la muerte?

En vez de cavar, escribir. En vez de gritar, escribir. En vez de desaparecer, escribir. Morir un poco, pero no del todo. ¿Por qué? Vete a saber. Quizás alguna que otra respuesta se esconda tras el interrogante que lleva tatuado la chica de ojos de gato que ha aparecido como un rayo de ilusión resquebrajando la nada. Besarla y tener menos ganas de huir. O yo qué sé. Concentrarme en el abrazo de esas amigas que se quedan cerca, que no giran la cara cuando les buscas la mirada sin saber adónde ir. Escuchar el mar. Escribir. Buscar un resquicio de algo que me ayude a salir de la cama mañana, cuando a las 6 se me abran los párpados y sea incapaz de volver a dormir. Sentir, pero dónde dejar que habite la luciérnaga de este pequeño sentir si alrededor sólo hay pérdida, ausencia, frío. Y el interrogante de su dedo como un cometa. Preguntar, respirar, vivir. ¿Por qué no morir? 

sábado, 21 de noviembre de 2015

soplar la herida



He llegado a casa y me he sentado en el taburete de la cocina a comer jamón serrano como si no hubiese mañana. Me han venido a la cabeza las frases de la doctora: que se está apagando, que solo se puede esperar, que no se sabe cuánta mecha le queda. Hablaba como si la abuela fuese una vela, tantas metáforas absurdas para no decir muerte. Una vela o un petardo, vete a saber. Tal vez cuando se le acabe la mecha despegue como un cohete de esos de palmera que tiran para la fiesta mayor y nos deje a todos con tres palmos de narices. Me he servido un Martini con una oliva y me he tirado en el sofá a ver un capítulo detrás de otro de la serie que me tiene enganchada. Estoy saturada de trascendetalismo. Son las seis de la tarde y han dicho que mañana llega el invierno. Pienso en estrategias para darle mi teléfono a la enfermera del hospital, tiene una sonrisa y un no sé qué que me pierden. Los días que no trabaja se hace mucho más difícil aguantar tantas horas allí dentro. Por suerte, casi siempre la encuentro y además hace unos turnos larguísimos. Me pregunto cómo se viste cuando se saca el uniforme blanco. Me lo pregunto cuando me acuesto y cuando me levanto. Mañana llega el invierno y no tengo chaqueta, la abuela se va a morir y yo meriendo jamón serrano con Martini mientras sueño con la enfermera. Debo ser una friki de la hostia, pero ya me importa todo tres pepinos. No sé de dónde sacar más saliva para lamerme las heridas. 

sábado, 14 de noviembre de 2015

volver


"Podría gritar
mi dolor
hasta partir en dos mi cuerpo:
sería disuelto 
por las aguas del río."

Alfonsina Storni, "Soledad" (Las grandes mujeres)

El conductor se despidió del vigilante de la estación con un "hasta mañana" que saltó de ventanilla a ventanilla, y a partir de la eñe apretó el acelerador para coger la curva de salida a la calle. Oí "hasta mañana" pronunciado con la voz grave del señor que conducía la noche hacia otros lugares, hacia otras ciudades -pero que mañana, dijo, volvería a estar en ésta de la que yo ya estaría tan lejos-, y se me quedó dando tumbos en la cabeza como un eco sordo, "hasta mañana", "hasta mañana" una y otra vez, con lo raro que me ha resultado a mí siempre lo de cambiar de espacio en el tiempo. Sentí el acelerar de las ruedas recorrerme el cuerpo y entre las luces que pasaban por la ventana se fue enmarañando el estallar de la risa de los dos últimos días con las astillas del infinitivo irrespirable que me devolvía a casa. Volver. Regresar a esa geografía de piedras que ni es casa, ni es Ítaca, ni refugio, ni nada: un trastero agrietado de penas demasiado podridas. Iba haciendo eses con la mirada por la carretera negra y no recuerdo bien en qué momento me dejé atrapar por las ganas de llorar, pero de repente me estaban supurando todas las heridas por los ojos y me veía incapaz de frenar la hemorragia. Me aferré a la alegría del fin de semana y a los tres libros que había encontrado como un tesoro por las calles que me quedaban ya atrás, y así conseguí quedarme medio dormida. Al rato me encontré otra vez despierta sin saber dónde estaba. Había desaparecido el eco del "hasta mañana" -supongo que ya era mañana- y no se veía ni una luz al otro lado de los cristales. La niebla había inundado la noche. Imaginé que me sumergía en la densidad de las nubes y que aquella bruma se convertía en los árboles del paseo del Prado. Quise quedarme dentro y alargar las horas para no llegar, ser hoja seca y dormirme entre las páginas de los libros que abrazaba, recostada junto algún poema que supiese explicar cómo es posible sentir en la piel este deseo vital de sonrisas y de calma y que en el interior, entre los huesos, se empeñe en no dejar de arañar la vida con sus dedos de alambre. Pero el autobús siguió acelerando hasta el amanecer y no hubo más remedio que resignarse a la vuelta. Al fin y al cabo, a pesar de las ojeras, sólo está en mí el poder de guardar la alegría en los hoyuelos, de protegerla como un diamante para que nadie ni nada, nadie ni nada, me la arrebate.

sábado, 31 de octubre de 2015

d'amor, de mort, de vida


como si entendiera lo que somos y seremos,
lo que nos mantiene unidos, cada vez más indefensos
Amaral, "Lo que nos mantiene unidos"

I avui que és dissabte i que esperaves per fi poder dormir, sense despertadors, sense horaris, amb el volum abaixat de les preocupacions, poder dormir per calmar l’angoixa d’una setmana difícil, per digerir els versos de l'altre vespre, per assumir el dolor de les males notícies i assaborir la plenitud dels moments bonics, dormir i descansar fins que el cos en tingués prou, avui dissabte, ha sonat el mòbil que encara no eren ni les nou i t’ha trencat el fil primíssim del somni. I amb un ull obert i mig sobresaltada, has vist un número desconegut a la pantalla i has dubtat si agafar-lo o no, si et sortiria la veu per respondre a aquella altra veu ‒qui serà?‒ que ressonaria a l’altra banda per dir vés a saber què, un dissabte tan d’hora. Però una inèrcia inconscient i inesperada t’ha fet despenjar el telèfon i mentre el cervell adormit encara seguia fent-se preguntes has sentit el teu nom i el de l’àvia sortint de l’altaveu, sí, sóc jo, escolant-se oïda endins, digui’m, sí, oïda endins la pluja d’informació, que el cor, que l’oxigen, que s’entrebanquen els batecs al respirar, ara mateix, ja vinc, sí. I intentant no emprenyar-te massa amb la vida has obert l’altre ull i t’has anat vestint no saps si amb presses o sense, has agafat el cotxe, urgències, box 45, l’olor de sempre penetrant la pell i ella allà al fons del passadís, estirada amb la camisola lletja dels hospitals i els cables enganxats del pit al monitor, la línia verda, la blava, la groga, la vermella, totes amunt i avall entre xiulets asèptics, pi-pip, pi-pip, i a ella que li llegeixes la salvació als ulls quan et veu arribar, nena que me’n vaig, que crec que si m’adormo ja no podré despertar-me més. I tu que no saps com calmar-li la por, que la sents també, tanta por, que sols saps abraçar-la i acaronar-li els cabells emblanquinats, i ella que et demana que no paris, que es relaxa, i tu que li sents el fil de veu atemorit i recordes el pànic que et feia de petita tancar als ulls per dormir i despertar-te cega, tu que ara li agafes la mà com te l’agafava aleshores ella per tranquil·litzar-te, que no passa re, que l’estimes, que l’estimes infinit, la dona-far, la dona forta com una pedra, així li deien, parece de hierro però sempre tan propera, tan senzilla, tan plena de llum. Li acarones els cabells i li agafes la mà i li preguntes si està bé, si està contenta, i ella que et mira i per un moment recupera la veu i les paraules i diu que sí, ella que ahir encara deia que no se’n volia anar, avui et mira serena i diu “sí, perquè ja he dit adéu a la vida i estàs aquí i sento soroll de mar”. Soroll de mar i ara són els teus els batecs que s’ensopeguen, “no ho sabia, que morir era això”, això, diu: soroll de mar als ulls i una mica de por a les venes barrejada amb la incertesa de no saber quan ni com. I tu que la mires sense saber què dir, sense saber què fer, un dissabte qualsevol de tardor, sense saber entendre ni la mort, ni l’amor, ni la vida. Morint-te un poc d’amor, de mort... de vida. 

miércoles, 28 de octubre de 2015

la capsa dels estels


[Grete Stern, Los sueños 1948-1951]

El vent està bufant fort, les estrelles s'han apagat,
pels carrers corre el sol i la gent amb els ulls tancats
que no sap on va

Era un matí d’hivern, al pis de Roses. Ens acabàvem de llevar després d’una nit fatídica i jo estava asseguda en aquella butaca encarada al gran finestral, un requadre a la paret que només deixava entrar mar, cel i horitzó ‒i a estones vaixells petits com llumetes blanques. Te’n recordes? Tenia una tassa de cafè a les mans i els ulls em penjaven al buit rere els vidres. Vas aparèixer per darrere i te'm vas acostar a l'orella per xiuxiuejar el principi d'aquella cançó de Sopa de Cabra que ja mai més he pogut deslligar de la teva veu, de l'atmosfera d'aquest moment eternitzat. Crec que no he arribat a explicar-te mai que guardo com un tresor ple de màgia la capsa dels teus records. A vegades l’obro i en revisc alguns, els repasso pausadament amb els dits ‒amb la lentitud característica de les evocacions‒ i sento que, tot i formar part del passat, bateguen encara com si no se'ls hagués acabat la vida. Et sento cantar fluixet el vent està bufant fort i, en lloc d'apagar-se, les estrelles s'encenen per fer de fanalet en la negror del temps passat. Es converteixen en bombetes de colors i de sobte estem passejant per la platja un u de gener entre totes aquelles estrelles de mar que les onades havien deixat a la sorra, o som al Congost, sense pànic ni vertigen, o véns a rescatar-me de la neu a la ciutat i encenem el foc per quedar-nos hipnotitzades veient-la caure entre els pins del jardí de casa. Et sento cantar fluixet i recordo també les converses sobre l'univers i els planetes, sobre l'amor incondicional, sobre l'energia, la ciència, les dimensions, el món, el caràcter, les persones, la nostra realitat particular. Torno a inventar-me cases amb finestres rodones i terrasses vora el mar, escric versos que no són versos però que rebenten d'il·lusió, somio un estel, somio un desig, somric mentre recordo el somni que somio. Em miro des de lluny els moments que surten de la capsa de la memòria i després torno a guardar-los amb la cura que requereixen les millors relíquies. Perquè sí, és una relíquia haver-te tingut i seguir-te tenint a prop en aquest camí que se’n diu vida. Et sento cantar el vent està bufant fort i és cert que bufa, sí. Bufa vent del nord amb totes les seves forces però no s’apaguen les estrelles. Per molt que bufi, per fort que bufi, no ens farà caure ni apagarà les estrelles. Mai ‒mai‒ deixarem que s’apaguin les estrelles.