lunes, 27 de julio de 2015

sed de lluvia

Llegar a casa, esa casa que no tengo. Abrir las ventanas de par en par y oler la madreselva que trepa por esta pared que tampoco existe. Que suene la música, el mar, el vientoDudar si prender la luz o si ya es suficiente la penumbra de las nubes negras. Una vela, eso sí, y dos dedos del vino que sobró de la cena que nunca hicimos. Encender el grifo y sentarme en el suelo de la bañera, el agua sobre la piel, la tormenta que no llega. Otro verano más apretando los dientes para que estalle el cielo. Si cierro los ojos imagino que es lluvia el agua del grifo, pero también te siento latir tan cerca que me entra el vértigo del abismo, esa maldita sed de infinito que alimenta la úlcera de todo lo que no será. Mejor mantenerlos abiertos y soñar que no es lo que sí ha sido. Que no siento, que no estás. Que desde que se me ocurrió besarte no me crecen raíces por todo el cuerpo, ramas de ilusión que no sé por dónde talar. Dejar que el agua corra por el suelo de esta otra bañera que sí que es mía. Asumir que hoy tampoco lloverá, a pesar de las nubes, de las ganas, del deseo. Abrazarme las rodillas. Renunciar.

miércoles, 8 de julio de 2015

la salida del pozo

Vuelan los mosquitos alrededor de la lámpara. También alrededor de mis brazos, que ya se han cansado de hacer aspavientos para ahuyentarlos. Por efecto de la tila o quizás únicamente por resignación. Son las tantas y están todas las ventanas abiertas pero no corre un solo hilo de aire, sólo mosquitos buscando sangre -te aseguro que si pudiese meter en un cubo toda la que me enturbia el sueño, morirían ahitados-. Se ve la luna entre los pinos, está tan redonda y tan grande que por un momento me ha parecido un agujero de luz, el final del túnel, la salida del pozo. La he estado mirando mucho rato sin parpadear y hasta parecía que se acercaba, o me acercaba yo a ella, no sé, pero de repente estaba tan al alcance que he deseado saltar adentro para que desapareciese toda esta oscuridad mortecina que entumece el porvenir más inmediato.    

martes, 14 de abril de 2015

da hasta miedo seguir

Tembló el mar como una golondrina cuando al fin comprendimos que no podíamos hacer otra cosa sino vivir. 
Ana María Moix, Baladas del dulce Jim

Da hasta miedo seguir
si con tan pocos años pesa tanto la vida.
Idea Vilariño, Poemas anteriores

Podríamos elegir la muerte, pero no. No. Estuvo en casa hace unos días y la echamos a patadas, movidos por algún extraño arrebato, el mismo impulso que nos lleva a pronunciar un "joder" con cara de póquer o a quedarnos callados sin saber qué decir cuando llega la noticia de que ha estado en la casa de otro y se ha salido con la suya. La echamos a patadas como si fuese el peor de los enemigos, alguien nos convenció de que no había que darle ni agua (permanece el eco, después de tantos años: "¿no te he dicho mil veces que no hables con desconocidos?"). Sin embargo, no es la primera vez que viene; algunas otras noches ya habíamos sentido su sigilo merodeando del otro lado de la verja, un viento apacible pero afilado, aunque nunca había osado traspasar el portal. Fue el domingo al mediodía. Entró hasta el comedor. Vino a saciar su apetito de vida pero solo consiguió hacerse con cuatro mordiscos de piel y algún sorbo de sangre -suficiente, seguro, para volver a su caverna y brindar a nuestra salud-. La echamos a patadas por inercia, sin pensar, siguiendo las órdenes de unos de esos imperativos categóricos que pocos se atreven a cuestionarse. Nos enseñaron que ni siquiera había que mirarla a la cara, a ella, a la más desconocida de todos los desconocidos. Pero desde entonces está ahí, cada día, al otro lado de los cipreses que sirven de verja, aguardando el instante en que la presa baje la guardia y pueda clavarle los colmillos en la yugular. Y cada vez es más difícil mantener los cinco sentidos alerta, cada vez es más cansado, cada vez más flojo el eco de la razón y más tentadora la manzana. Podríamos elegir la muerte, pero no. Algo, algún atisbo de quién sabe qué, dice que no. Que no se puede hacer otra cosa sino vivir. Vivir, como si fuese nuestra querencia. A pesar de que dé hasta miedo. O de que pese, tanto, a veces, la vida. 

viernes, 20 de marzo de 2015

deriva


Había caminado tanto por todas aquellas calles que llegó a sentirlas extensiones de las venas. Las había recorrido huyendo del invierno que le crecía por dentro, dejando que los pies siguiesen las aceras con sol o buscasen las cornisas más anchas cuando llovía. Se hacía de noche pronto y hacía frío, mucho frío, pero no le importaba. Llevaba chaqueta y zapatos verdes y se paraba bajo las farolas porque le parecían jodidamente bonitas. Más tarde descubrió que las miraba más por necesidad de luz que de belleza; porque estaba perdida, tan perdida que gastaba todas las horas del día en recorrer sin parar venas que no eran suyas.

martes, 17 de febrero de 2015

siempre, o casi

Ahora que ya habías aprendido a creer con fe ciega en la capacidad de la sangre para encontrar caminos -la sang sempre troba camins per alimentar les venes-, se para el corazón. Y oyes palabras por todas partes, palabras que te entran por los oídos y llegan hasta el cerebro. Las oyes pero no sabes hasta qué punto las comprendes, hasta qué punto entiendes qué significa muerte más allá de su sentido semántico. La sangre casi siempre encuentra caminos, casi. Y es cuestión de minutos que cuando se taponan todos los atajos llegue una mano salvavidas capaz de abrir una diminuta zanja que evite la nada. Cinco minutos más y nada. Nada. La nada, que debe de ser un sinónimo bastante preciso de muerte. 

lunes, 10 de noviembre de 2014

fusilamiento

(Banksy)

La pena en el pulmón, la rabia en el hígado, los enfados en el estómago. Eso ha dicho la doctora, seguido de un "creu-me, no hi ha res més". Que llore y que grite, me ha mandado como deberes, que vomite toda la mierda que guardo dentro. Siguiendo sus consejos, he convocado a todos mis monstruos. Los pondré en el paredón y cargaré la escopeta que nunca me he atrevido ni siquiera a coger. En fila, de cara a mí. Nada de darle la espalda al enemigo. Los miraré a los ojos y les clavaré un tiro en la frente, entre ceja y ceja. Pero no de lejos, que nunca he sido buena con la puntería. Me acercaré a ellos lentamente, hasta que se me corte la respiración. Uno a uno, les escupiré en la cara la pena, la rabia, el enfado. Les encasquetaré todo el odio que me han prestado y me haré la valiente para reventarles los sesos. No me sentiré mal por ello. Que me den una tregua y me dejen respirar unos meses, joder. Al fin y al cabo, les faltará tiempo para resucitar y volver a pisarme los talones en menos de que cante un gallo. 

lunes, 3 de noviembre de 2014

me permitiré la vida

M'acaronaré la pell quan ningú no ho faci 
i ballaré despullada, si vull, sota la pluja. 
I em permetré el somni, l'enyor, el desig.

I Déu en algun lloc, Sònia Moll 

Ha estallado la tormenta mientras explicaba los pronombres en el aula 111. La lluvia en los cristales, los truenos en la pared –gruñidos de monstruo poco mordedor, casi entrañable: los monstruos de verdad se acercan en silencio, no necesitan hacer ruido para aterrar. He intentado seguir el hilo de lo que decía pero se me iban los ojos tras el ventanal. Cómo explicar que los pronombres relativos desempeñan tres funciones dentro de la oración si está lloviendo a cántaros y tengo las manos llenas de tiza, si apenas sé cómo he llegado hasta aquí y he perdido la cuenta del sueño que acumulan mis ojeras, de las palabras que no escribo, de las penas que no lloro. Qué tendrá que ver una cosa con la otra; como iba diciendo, los relativos hacen de nexo, tienen valor anafórico y además..., además vuelve a retumbar el cielo y mi pensamiento se escapa por la ventana, salta de charco en charco: de verde a rana, a nenúfar, al lago del bosque y de ahí a la casa de los espejos, que me recuerda al mar, a Sila, al té de algas y a los paseos por la playa con el horizonte lleno de niebla. Además, decía, cumplen un papel sintáctico dentro de la subordinada que encabezan. No hay nexo lógico para las ideas, ahora estoy tumbada en el suelo de piedra, boca arriba, el frío en la espalda y la lluvia cayendo sobre mí, un alud de agua que me atrapa a velocidad de vértigo, ballaré despullada, si vull, sota la pluja. I em permetré el somni, i em permetré l'enyor, i el desig, i fins i tot la vida. Me acariciaré la piel con pronombres que sustituyan otra piel, un que, un cual, un donde. Me acariciaré con música mientras no haya nadie –mientras no haya nombre–. Sé que es mejor, por ahora, que no haya nombre sino pronombre. Una música que haga de bálsamo, que mitigue los ahogos. Me acariciaré la piel y me permitiré la vida. Porque estoy tumbada bajo la tormenta pero también estoy aquí, ahora, escribiendo en la pizarra del aula 111. Porque a pesar de todo, la vida, a veces, te guiña el ojo y te concede el placer de que te acaricie la lluvia mientras te manchas las manos y la ropa y hasta la cara con polvo de tiza. Algo así debe de ser el devenir (o Déu, potser, en algun lloc).