Se escurren los días de agosto por la boca de la alcantarilla, se deslizan entre las rendijas como colillas mojadas para perderse en los subterráneos de la ciudad. Miro hacia el cielo y las gotas de lluvia parecen alfileres, pedacitos de alambre cortando el aire. Pero solo es agua que resbala por las mejillas y destiñe el poco moreno que se pegó al cuerpo los primeros días de calor, cuando aún era tiempo de soñar que podían cumplirse las mejores promesas. Vuelve a llover y se aleja por los desagües este extraño verano sin mar, las hojas secas del calendario y las cervezas que se quedaron esperando en la barra del bar, mientras se nos llagaba la piel con el peso muerto de las horas perdidas. Todo se escapa río abajo menos el recuerdo, el desapacible recuerdo de aquello que no quiero recordar. Resiste a la corriente y se queda agarrado a las rejas de las cloacas por más que salte sobre sus manos y le pisotee con rabia los dedos. Las ratas de la conciencia roen el dolor con lentitud exasperante. Oigo cómo chirrían sus dientes despedazando la pena y me doy cuenta de que no valdrán treguas hasta que no terminen con su manjar, como tampoco valdrá de nada aplastar los nudillos de la memoria ni conjurar olvidos superficiales. Solo esperar. Contar hasta diez mirando el cielo, dos, tres, cinco y medio, seis. Contar y rezar como un mantra el rosario de los mejores momentos, repasar con los dedos las cenas de sushi y vino, la noche que acabamos en el mar, las postales en el buzón y alguna que otra tarde en la heladería con el monótono ruido de las batidoras de fondo (a pesar de que les tenga un odio tenaz, empiezo a sospechar que tienen la extraña virtud de hacer añicos las tristezas, de triturarlas en mil pedazos para que sea más fácil respirar). Recorrer cada sonrisa para que se grabe en la memoria, risas y miradas que diluyan el poso de lo que no merece la pena recordar. Y entretanto, seguir invocando tormentas que drenen las heridas, agua que limpie la sangre seca y prepare la tierra para sembrar nuevas primaveras.
jueves, 12 de septiembre de 2013
lunes, 9 de septiembre de 2013
Copenhague
Y por qué no, quizás un día me sacuda las manos de polvo para que vuelvan a salir los nocturnos de las yemas de los dedos. Siempre que llueve me acuerdo del piano. También de aquella canción de Vetusta que suena de fondo cada vez que crecen los inviernos en los pulmones. Hoy he salido del coche como si la tormenta no fuese a mojarme, quería acercarme al mar y pisar la arena, pero de repente ha apretado tanto la lluvia que he tenido que volver atrás. Al cerrar la puerta y oír el agua retumbar contra el parabrisas me he dado cuenta de que hubiese preferido quedarme afuera, seguir caminando hasta la orilla y dejar que las olas me mordiesen los tobillos. Me he encendido un cigarro y me he fumado la ilusión de estar allí, al otro lado de los cristales, sintiendo la vida palpitando en la boca, pero lo que he sentido mientras echaba el humo por la nariz era la ropa empapada pegándose al cuerpo. Y entonces me ha venido a la cabeza Macondo y todos aquellos billetes de avión a Copenhague que nunca compré, y venía con la lluvia la canción, ella duerme tras en vendaval, no se quitó la ropa, sueña con despertar en otro tiempo y en otra ciudad. He abierto la ventanilla para dejar salir el humo y escupir la rabia de haber vuelto a meterme en el coche, la resignación de haber perdido la destreza para interpretar a Chopin y de no estar en la arena y de no haber pisado jamás Dinamarca. ¿Dónde estará la frontera entre siempre y jamás? He arrancado el motor sin pensarlo. Quizás otro día sepa quedarme sola bajo la tormenta. Quizás no, seguro.
miércoles, 28 de agosto de 2013
tormentas y tambores
Rey de corona rota préstame un hilo de luz.
Sueño con música de tambores que se acercan desde lejos, ritmos ancestrales que vibran desde las entrañas de la tierra y hacen temblar las raíces de los pies. Siento su eco como un leve latir, puede que sean los truenos de la tormenta y no tambores del más allá. No importa. Llueve y cierro los ojos para que no pare, como ayer cerré las manos intentando apresar dentro del cuerpo esa extraña sensación de ingravidez. Tambores y tormentas que suben por las piernas y se enredan con las venas. Me quedaría quieta sintiendo crecer las telarañas entre los huesos, hilos invisibles que no son trampa sino refugio, salvavidas de papel para no ahogarse en este maldito bucle de agua estancada. Bajaré a la playa para hundir la piel en la arena mojada. Si es imposible que me crezcan alas en los tobillos, al menos que me acunen los eternos hechizos del mar. Y que el eco de la lluvia haga nidos en los pulmones, guaridas de tormentas y tambores donde esconderse de la vida cuando es imposible respirar.
jueves, 15 de agosto de 2013
arañas
Se hace raro ver la casa tan sola estos días. Entre tanto silencio el crujir de los muebles retumba más que nunca, pero no quiero tener miedo de los ruidos vanos. No quiero tener miedo, me lo susurro mientras miro crecer las telarañas en el jardín -hay una enorme, cada mañana se hace más ancha y ya une la hiedra con las ramas del limonero y los delgados tallos del jazmín-. Pienso que son como las grietas que se abren lentamente en las paredes del salón, venas invisibles que también resquebrajan las baldosas del suelo y los azulejos del baño, abrazándose a nuestro refugio como la huella inevitable del tiempo. Mamá pone alfombras y pinta enredaderas de campanillas lilas para tapar y disimular sus zanjas. Estos días me he dado cuenta de que a pesar de todo, de todo, ella no ha perdido nunca la ilusión. Yo tampoco quiero perderla. Ni tener miedo, ni acostumbrarme a esta rara mezcla de pena y tristeza -cada vez me cuesta más distinguirlas- que entorpece la respiración. Por eso me paro a mirar las arañas y cazo nubes blancas con los ojos; por suerte, desde la ventana del décimo piso del hospital se ve más cielo que asfalto. Desde aquí, me acuerdo de Machado y sus estelas en el mar, de la mujer precipicio, de que creixen, malgrat tot, les tulipes. Y mientras ensayo caras para encajar las malas noticias -para las buenas no hace falta ensayar-, pienso que un día, seguro que un día, irán tan bien las cosas y pesará tan poco la vida que casi ni nos lo creeremos.
jueves, 27 de junio de 2013
barrets grocs
S'escola la cervesa coll avall. El gust de llimona el retinc a la boca, engrunes de gel granissat que s'enganxen a les genives i calmen els petits dolors quotidians. Les campanes de l'església toquen quarts d'una. Busco mons imaginaris a recer de les tristeses, un altre glop i tot serà groc com el sol que em fa els ulls verds, groc mentre m'ho cregui, mentre em concentri en les diminutes agulles de gel als llavis, anestèsies per somiar que s'eternitzen els mig-somriures de primavera. No trigarà en arribar la tempesta, pluja que caurà del cel com suc de llimona per cicatritzar ferides. Mullarà la pell i courà i causarà aquell mal estrany que a dies se'm fa fins i tot agradable -pessics diminuts, tibades de cabell, mossegades sense ràbia-, se'n podrà dir mal de la neu desfent-se lentament entre la carn i les dents? Comença a tronar i creuo els dits desitjant que els núvols s'espremin i deixin anar aigua de cítric, pluja groga que s'escoli coll avall per eternitzar els somriures d'estiu somiat, suc de llimona que ompli tots els barrets de llum i regui els esvorancs del camí per fer-hi créixer infinita mare-selva.
lunes, 15 de abril de 2013
el primer cafè del dia
Pongo el despertador a las seis y media, como cada domingo. Cuando suene, me despertaré sin ganas y bajaré las escaleras sin encender la luz, prepararé un café en la taza amarilla de las margaritas –li la vaig regalar jo, fa tants anys que ja no deu recordar-se'n; quan va fer el trasllat la va deixar aquí, oblidada, com la roba, com la vida, com tot– y volveré arriba, con los ojos casi cerrados, siguiendo la inercia de la rutina. Me vestiré corriendo, los calcetines, la camiseta, el reloj. Faré ulleres i sortiré de casa despentinada, però obriré els ulls, ara sí, i m'omplirà de llum el roig ataronjat del cel esquinçant els núvols. Estaré a punto de perder el bus –siempre pierdo algún segundo de más en detalles tan vacuos como elegir qué zapatos ponerme–, llegaré por los pelos y el conductor, el mismo de cada lunes, sonreirá y dirá buenos días flojito. Buscaré el mejor sitio para sentarme y después de darle al play me detendré a sentir el regusto del café en los labios. Miraré por la ventana, respiraré hondo y todo parecerá ralentizar su ritmo. Farà olor de primavera i, per un instant, al girar la cantonada i veure el mar allà al fons, desapareixeran les angoixes –els seus oblits, les seves ràbies, les meves pors–. Per un instant, només valdrà el record de la cuca de llum que brillava ahir al vespre entre les heures, la grana del sol –o una cançó com aquesta– fent créixer il·lusions als racons més inhòspits de l'ànima.
martes, 2 de abril de 2013
tic-tac, bum-bum
Cuando no puedo dormir, invento frases para empezar
relatos que nunca llego a escribir. Me da pereza encender la luz y buscar el
cuaderno para anotarlas, siempre me convenzo de que las recordaré por la
mañana, a pesar de que la experiencia augure lo contrario. Oigo los segundos
caer uno detrás de otro. Tic-tac, tic-tac. Con
los ojos cerrados, los imagino haciendo cola al borde de un precipicio,
esperando su turno para abalanzarse hacia el agujero negro del ayer. Me
concentro para no oírlos, pero cuanto más me esfuerzo, más aumenta su retumbo,
tic-tac, tic-tac, disonando en el silencio denso de la habitación. Escamoteo
la oscuridad, rasgada por los tenues puntos de luz que se cuelan entre las
rendijas de la persiana.
De pronto empiezo a sentir como si los segundos me palpitasen
dentro del cuerpo. Tic-tac, tic-tac. Me asusto, por un instante, hasta que
identifico esta extraña sensación con la de otras noches de insomnio. Noto los
latidos del reloj bajo la piel, unas veces detrás de la oreja, otras en la
sien; ahora me está pasando en el cuello, pero no, no es el tiempo: es la
sangre, el corazón. Es como uno de esos espasmos que se apoderan del párpado y
hacen que se abra y se cierre incontrolablemente, ¿no te ha pasado nunca? El
ritmo implacable de los engranajes del viejo Festina parece diluirse con las sístoles y las diástoles, ya no es
tic-tac, sino bum-bum. Bum-bum. Me lo saco siempre antes de acostarme y lo dejo
en la mesilla de noche, al lado de la botella de agua, el móvil, los kleenex y
algún libro. Desde que leí aquel relato de Cortázar –cuando te regalan un reloj te regalan un
nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu
cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado
colgándose de tu muñeca– me da cierta
ansiedad meterme en la cama con él. Pequeñas manías, como la de hacer eses con la mirada entre las líneas del asfalto o cerrar fuerte los ojos antes de abrir el buzón.
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